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La división del Imperio: surgen dos estados católicos forzados




El añ o en que Agustí n fue nombrado obispo (395), murió en Milá n el emperador Teodosio I. Dirigentes clericales le habí an incitado de manera reiterada contra Hos paganos, los judí os y los «herejes», incluso contra los enemigos exteriores del Imperio, y los santos Ambrosio y Agustí n le ha­bí an glorificado. Y ya en el siglo v, los cí rculos eclesiá sticos dieron el sobrenombre de «el Grande» a aquel hombre que podí a verter la sangre como agua.

Tras su muerte, el Imperio romano se dividió entre sus dos hijos. El Imperio de Occidente desapareció en 476, mientras que el de Oriente, como Imperio bizantino, perduró hasta 1453.

La unidad continuó existiendo en teorí a. Muchas leyes aparecí an en el nombre de ambos regentes, y las que promulgaba alguno de ellos en soli­tario, adquirí an a menudo fuerza legal aquí y allí. Sin embargo, de forma paulatina fueron distanciá ndose. Cada una de las mitades del Imperio siguió un rumbo polí tico particular, y la pronta aparició n de la competen­cia condujo a la mutua mengua de poder. Tambié n desde el punto de vis­ta cultural fueron diferenciá ndose cada vez má s con el correr del tiempo. En Occidente apenas se hablaba griego, mientras que en Oriente el latí n, aunque seguí a siendo lengua oficial, iba quedando cada vez má s relegado en favor del griego. Mientras gobernaban todaví a los hijos de Teodosio comenzaron ya los conflictos, desempeñ ando en todo ello los germanos un papel esencial. En Oriente se produjo un cambio rá pido de los deten­tadores del poder fá ctico. En Occidente, Estilice, casado con Serena, so­brina de Teodosio, dirigió los asuntos de Estado durante má s de una dé ­cada. 4

Desde esta divisió n, nunca ningú n otro monarca reunió bajo su man­do al Imperio. En Constantinopla, Arcadio (395-408), de diecisiete añ os de edad, gobernaba sobre Oriente, que seguí a siendo un territorio gigan­tesco: todo lo que má s tarde serí a Rumania, Servia, Bulgaria, Macedonia, Grecia, Asia Menor con la pení nsula de Crimea, Siria, Palestina, Egipto,


la Libia inferior y Pentá polis. En Milá n, Honorio (395-423), de once añ os de edad, mandaba sobre Occidente, que era todaví a má s grande, má s rico, pero con una importancia no equiparable polí ticamente.

Ambos «niñ os emperadores», tutelados por la Iglesia y famosos por su piedad, continuaron la polí tica religiosa de su padre. Si é ste habí a lu­chado solo contra la «herejí a» -uno de los principales blancos de sus ata­ques- con má s de veinte disposiciones, sus hijos y sus sucesores apoya­ron el catolicismo con multitud de nuevas leyes. Lo favorecieron desde los puntos de vista religioso, jurí dico y financiero, aumentaron sus pose­siones, dispensaron al clero de ciertos empleos, de algunos impuestos y del servicio militar. Resumiendo, la identificació n del soberano con la cuestió n de la ortodoxia, ya existente con Teodosio, se convierte ahora en el «repertorio» habitual (Antó n). 5

Con ello, el Estado de confesió n cató lica fue aterrorizando cada vez má s a aquellos que tení an una fe distinta, aunque continuara habiendo paganos incluso en puestos elevados; por lo que se sabe, eran cinco con Arcadio y catorce con Honorio (ningú n acto verdadero de tolerancia: a estos heterodoxos de valí a y experimentados en el puesto se les seguí a necesitando). La situació n cambia al llegar al siglo v, en especial con Teo­dosio II. Al principio se perseguí a menos a los disidentes individuales -tambié n los arrí anos ocuparon cargos importantes (cuatro, conocidos, con Arcadio y uno con Honorio)- que a la institució n, se llevaba menos una polí tica personal procristiana que una polí tica religiosa muy favora­ble a los cristianos; en resumen, una polí tica con «tolé rance pour les per-sonnes, intolé rance pour les idees» (Chastagnol). Sin embargo, la «iglesia imperial romana» que surgió en el curso del siglo iv se alineó con mayor decisió n del lado del Estado que la favorecí a. Rezaba por é l, proclamaba que su poder era de Dios, le concedí a por así decirlo una base metafí sica:

las viejas relaciones entre el trono y el altar. 6

Es cierto que en la primitiva cristiandad el odio a lo mundano estaba muy extendido, que en el Nuevo Testamento se llama al Estado «gran puta» y «horror de la Tierra» y que al emperador se le consideraba un servidor del demonio. Sin embargo, desde Pablo hubo tambié n un sector proclive al Estado, que se adaptaba conscientemente y que fue imponié n­dose poco a poco. En efecto, escribí a Irineo: «No fue el diablo quien dis­tribuyó los reinos de este mundo, sino Dios». Tertuliano aseveraba que «Los cristianos no son enemigos de nadie, y menos del emperador». El obispo Eusebio, cronista de la Iglesia, aseguraba despué s de que Cons­tantino hubiera adoptado el cristianismo: «Qué afectuoso recibimiento dis­pensaron a los guí as de cada una de las iglesias los funcionarios civiles y militares». San Juan Crisó stomo afirmaba sin sombra de duda que aun­que al principio Dios habí a dispuesto «só lo un dominio», «el del hombre sobre la mujer», pronto creó tambié n otros «poderes», a saber, «prí ncipes


 

y magistrados», con lo cual Dios deseaba «que una parte gobernara y la otra obedeciera; que el dominio fuera moná rquico y no democrá tico», y tambié n que los prí ncipes y los subditos, los ricos y los pobres, fueran unos al encuentro de los otros, que unos deberí an «amoldarse», los otros no. En resumidas cuentas, con las banderas desplegadas se iba hacia los detentadores del poder. Y solamente si é stos se resistí an a la Iglesia, en­tonces era vá lido, al igual que sigue sié ndolo hoy: debes obedecer má s a Dios que a los hombres... «Dios», como es necesario repetir sin cesar, eran -son- ellos, no só lo teó ricamente, sino tambié n en la prá ctica. 7

En Oriente y en Occidente los centros de gobierno cristianos presen­taban la misma imagen: sin cesar intrigas palaciegas, luchas por el poder, crisis de ministros y asesinatos. Los «niñ os emperadores» cató licos -Ar­cadio, Honorio, despué s tambié n Valentiniano III y Teodosio II- carecí an de independencia, eran unas nulidades coronadas incapaces de tomar de­cisiones, rodeados de un enjambre de codiciosos cortesanos, altos digna­tarios, generales germá nicos y, tambié n, eunucos. Con el beneplá cito per­sonal de sus majestades, los castrados les rodeaban permanentemente, y los má s importantes de ellos, los administradores de palacio, aunque a menudo habí an sido adquiridos en el mercado de esclavos, competí an muchas veces con los funcionarios imperiales de mayor rango y tení an incluso influencia polí tica entre los potentados poco importantes. Algu­nos magister officiorum actú an en ocasiones como auté nticos regentes, en Occidente es Olimpio, en Oriente son Helio, Nomus y Eufemio; la «gran» polí tica queda en manos de los magistri militum, de los generales impe­riales que en ocasiones luchan entre sí en todos los frentes; una parte de ellos son germanos, que se han vuelto poco a poco imprescindibles para la defensa de las fronteras, como es el caso de Estilicen en Occidente y de Aspar en Oriente; otra parte son romanos: Aecio, Bonifacio. Este ú lti­mo cae sobre el primero; Aecio, Aspar y Estilicen son asesinados. Y como sucede con frecuencia en los tiempos de «decadencia», ¡ cuando no todos se desmoronan!, no pueden pasarse por alto algunas de las mujeres de la casa imperial: en Oriente Pulcheria, Eudoquia y Eudoxia, en Occi­dente Gala Placidia. 8

Pero detrá s de las mujeres (si bien no só lo detrá s y no só lo de ellas) habí a un clero intrigante, en el que muchos altos funcionarios que temí an por sus cargos gustaban de buscar apoyo mediante nuevos edictos de «herejes». Tambié n los obispos continuaron mezclá ndose en los asuntos de los funcionarios; ya durante el siglo iv y má s todaví a en el v, usurpa­ban sus facultades, se las arreglaban sobre todo para ampliar el á mbito de la jurisdicció n eclesiá stica, la episcopalis audientia, el episcopale iudi-cium, las «funciones arbitrales» de los obispos, aunque sin poder despla­zar a los tribunales estatales, sobre todo porque se procuraba evitar a los eclesiá sticos y, algo que resulta muy revelador, se preferí a acudir a los otros.


En los paí ses germanos el arbitraje de los clé rigos no consiguió echar raí ­ces. En principio, ya desde Constantino I, en un proceso civil cualquiera se podí a acudir al obispo, aunque es discutible si se consideraban de igual valor los procedimientos episcopales y los terrenos. No obstante, todo esto minó todaví a má s la ya de por sí abandonada administració n. Surgió un Estado cristiano forzado que al final se desintegró en Occiden­te, menos por la entrada de los «bá rbaros» que por sí mismo, al que la Iglesia, en lugar de reforzar -ciertamente no el ú nico motivo de la catá s­trofe-, continuó socavando, y que se arruinó y acabo siendo heredado. 9

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