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Tampoco bajo el emperador León I deja el papa León de exigir la violencia contra «los criminales» y de rechazar cualquier negociación




Pulquerí a, a quien el papa tanto gustaba elogiar por «los cuidados,
gratos al Señ or, de su santo corazó n», aunque no sin añ adir que debí a
tambié n «ser constante en esa prá ctica», murió en julio de 453, y Marcia-
no el 26 de enero del añ o 457: los rezos de Leó n pidiendo larga vida a su
majestad no fueron escuchados.

Se supone que la dignidad imperial fue ofrecida al poderoso Magister
militum
Flavio Ardabur Aspar, un «hereje» amano, hijo de una goda y
de un noble alano. Aspar, sin embargo, que fue general romano desde el
añ o 427 al 471 pero nunca partidario de la ortodoxia, la rechazó (o fue re-
chazado). De ahí que, finalmente, obtuviese la pú rpura y, segú n algunos
autores, no sin la ayuda de aqué l, uno de sus oficiales. Leó n I (457-474),
de cuya desconfianza gratuita vino a caer ví ctima el propio Aspar, un hom-
bre acrisolado por su fidelidad a tres emperadores. Pues Leó n, estricto
cató lico por su parte -muy atento a la santificació n y especialmente de-
voto del santo estilista Daniel, obtuvo por parte de la Iglesia el epí teto de
«el Grande»-, mandó asesinar en el palacio imperial a Aspar y a su hijo
Patricio, a quien é l mismo habí a elevado a Cé sar. Tambié n en esta acció n
jugó un papel el catolicismo beato del soberano frente a su ví ctima, amana
y de convicciones anticalcedonianas. 16

Cuando, tras la muerte del emperador Marciano, la oposició n monofi-
sita se fue haciendo má s y má s fuerte, el papa Leó n I recalcó con tanto
má s ahí nco la obligatoriedad de las resoluciones dogmá ticas de Calcedo-


nia. Estaba resuelto a prohibir cualquier transacció n nueva «acerca de lo
que fue decretado por inspiració n divina» o, como escribí a en otro lugar,
«contra aquello revestido de tal autoridad (tancta auctoritas) cual es la
del Espí ritu Santo». De modo que Leó n no só lo declinó una invitació n
personal a Constantinopla, sino que instruyó ademá s a sus legados para
que, una vez recibiesen su carta doctrinal del 17 de agosto de 458 (una
especie de complemento de su carta doctrinal a Flaviano y a la que la
posteridad llamó por ello Tomo II), no entrasen en ningú n tipo de disen-
siones. 17

Pero el romano siguió agitando incansablemente los á nimos contra el
«descarrí o heré tico» de tantí simas personas en Oriente, especialmente en
Constantinopla, Antioquí a y Egipto. Querí a imponer por doquier, como
escribí a al obispo Juliá n, «lo dispuesto en Calcedonia para salvació n del
mundo exterior y bajo la direcció n del Espí ritu Santo». En aras de su
«salvació n» se dirigió a obispos, presbí teros, diá conos; envió legados a
la corte, como hizo el 17 de agosto de 458 con los obispos Domiciano
y Geminiano; escribió una y otra vez al nuevo emperador Leó n, de cuyas
virtudes «se pueden alegrar el Estado romano y la religió n cristiana».
Pero como cada vez que la Iglesia se empeñ a ené rgicamente en su «sal-
vació n», ello só lo podí a y tení a que suceder, tambié n ahora, a costa de la
perdició n de muchos. El papa Leó n, en efecto, apremiaba o\filius eccie-
siae
imperial a adoptar urgentemente las medidas pertinentes para resta-
blecer la «christiana libertas», lo cual, si es posible, tiene siempre este
significado: la privació n de la libertad de todos los demá s. Conjura al em-
perador para que «é l, teniendo bien presente la fe comú n, frustre todos
los manejos de los heré ticos», le instiga personalmente, una y otra vez,
para que resista «a las manos asesinas de los impí os», «a la maligna astu-
cia», a la «maldad de los herejes», le apremia a castigar a «los criminales».
Exige la depuració n del clero, que el prí ncipe «triunfe sobre los enemi-
gos de la Iglesia, pues si ya es motivo de gloria para Vos el aniquilar las
armas de pueblos enemigos [! ], ¡ cuá nto mayor será esa gloria si liberá is a
la Iglesia alejandrina de sus furiosos tiranos! ». Una vez má s se ve aquí
qué es lo que está siempre en juego para los papas: aniquilació n de los
enemigos exteriores del Imperio y aniquilació n de todos los enemigos
interiores. «Sé consciente, venerable emperador..., de cuá nta ayuda le
debes a tu Madre Iglesia que se glorí a de modo especial tenié ndote a ti
como hijo. » Leó n «el Grande» querí a ver en acció n a la violencia y las
armas, pero no concilios ni discusiones religiosas. Aborrecí a las disputas
en general y muy particularmente las relativas a cuestiones de fe. Tam-
bié n frente al emperador reiteró a menudo la necesidad de desechar cual-
quier posibilidad de transacció n, a la par que afirmaba: «No tenemos
espí ritu vengativo, pero no podemos vinculamos con los servidores del
diablo». 18


Y así, una vez má s, la intolerancia radical se ve acompañ ada del habi-
tual disimulo del eufemismo. La ú ltima frase de Leó n recuerda fatalmente
a la de san Jeró nimo, citada y comentada má s arriba: «Tambié n nosotros
deseamos la paz y no só lo la deseamos, sino que la fomentamos, pero la
paz de Cristo, la paz verdadera». La misma actitud, la misma hipocresí a.

Las cartas que Leó n enviaba al Este eran textos de agitació n envuel-
tos en pí as frases. Giran siempre en torno al mismo tema, apremiando al
sojuzgamiento, depuració n y aniquilació n del adversario, al que se inju-
ria una y otra vez como impí o, maligno, satá nico y criminal, demonizá n-
dolo así groseramente. Só lo «el anticristo y el demonio», sugiere el papa
al emperador Leó n I el 1 de diciembre del añ o 457, tendrí an la osadí a de
atacar «la inexpugnable fortaleza». Só lo aquellos que «no se dejan con-
vertir por la maldad de su corazó n», que «bajo la apariencia de su celo
espiritual dispersan su mentirosa semilla pretendiendo que é sta es el fru-
to de su bú squeda de la verdad». La furia desenfrenada y el odio obceca-
do «han urdido hechos cuya sola menció n provoca desprecio y aborreci-
miento..., pero Dios nuestro Señ or ha enriquecido grandemente a su ma-
jestad iluminá ndolo acerca de sus misterios. Por eso no debé is olvidar
nunca esto: la potestad imperial no os ha sido otorgada ú nicamente para
gobierno del mundo, sino ante todo [! 1 para proteger a la Iglesia (sed má -
xime ad Ecciesiae praesidium)...
¡ Serí a, en consecuencia, algo grandioso
para vos si os fuera posible añ adir la corona de la fe a la diadema impe-
rial pudiendo celebrar un triunfo sobre los enemigos de la Iglesia! ». 19

En definitiva, aquellas personas cuyo aplastamiento exige el papa son
cristianos y sacerdotes a quienes é l desprecia y aborrece, a quienes impu-
ta mentiras, odio y furia desenfrenada, a quienes injuria como «anticris-
tos» y «demonios»: lenguaje que abunda por demá s entre los «mejores»
cí rculos cristianos, entre sus dirigentes.

Muchos apologetas que descalifican los estudios de investigadores
crí ticos como los de E. Caspar y, má s aú n, los trabajos de E. Schwartz,
J. Haller y muchos otros, tildá ndolos de «enfoques exclusivamente polí -
ticos», han de hacer a su vez, arduos esfuerzos para presentar los motivos
primordiales de los papas, no como polí ticos, sino, naturalmente, en pa-
labras de E. Hofmann, como «genuinamente religiosos». Y los apologe-
tas por su parte «acentú an» que la «lucha por la cuestió n calcedoniana»,
que constituyó durante má s de medio siglo «el centro de todos los esfuerzos
papales», se desarrolló «en gran medida sobre el plano polí tico». 20

Pero lo que se desarrolla en gran medida sobre el plano polí tico es,
consecuentemente, polí tico en gran medida, primordialmente polí tico, y
en el fondo só lo polí tico, mera lucha por el poder: por el poder en el inte-
rior de la Iglesia. Por el poder en el interior de cada una de las Iglesias ri-
vales y por el poder de una sobre todas las demá s. ¡ Eso es lo que la histo-
ria demuestra! Lo religioso se presenta como pretexto. Es puro medio al


servicio de un fin. El hecho de que muchos cristianos, y precisamente los
de buena fe y buenos sentimientos -pero no bien informados- vean, sien-
tan y vivan todo eso de forma muy distinta, en nada afecta a los hechos, a
la realidad. Cierto que esos cristianos,, y a mayor abundancia las «fuerzas
religiosas», pertenecen tambié n a esa realidad; es má s, son ellos quienes
la hacen posible en general, pues son su fundamento, su condició n pre-
via. Pero todo ello queda en el á mbito «de lo privado». En cambio, la en-
tidad que se sirve de todo eso con un cinismo carente de escrú pulos, abu-
sando desaprensivamente de ello a lo largo de la vida (a veces incluso
con el subterfugio y el autoengañ o: «El pueblo me mueve a lá stima»),
esa entidad hace historia, historia universal: historia criminal.

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