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El Estado larval. Go west! . Demolición de un mejicano




EL ESTADO LARVAL

Hacia 1859 el hombre que para el terror y la gloria serí a Billy the Kid nació en un conventillo subterrá neo de Nueva York. Dicen que lo parió un fatigado vientre irlandé s, pero se crió entre negros. En ese caos de catinga y de motas gozó el primado que conceden las pecas y una crencha rojiza. Practicaba el orgullo de ser blanco; tambié n era esmirriado, chú caro, soez. A los doce añ os militó en la pandilla de los Swamp Angels (Á ngeles de la Cié naga), divinidades que operaban entre las cloacas. En las noches con olor a niebla quemada emergí an de aquel fé tido laberinto, seguí an el rumbo de algú n marinero alemá n, lo desmoronaban de un cascotazo, lo despojaban hasta de la ropa interior, y se restituí an despué s a la otra basura. Los comandaba un negro encanecido, Gas Houser Jonas, tambié n famoso como envenenador de caballos.

A veces, de la buhardilla de alguna casa jorobada cerca del agua, una mujer volcaba sobre la cabeza de un transeú nte un balde de ceniza. El hombre se agitaba y se ahogaba. En seguida los Á ngeles de la Cié naga pululaban sobre é l, lo arrebataban por la boca de un só tano y lo saqueaban.

 

Tales fueron los añ os de aprendizaje de Billy Harrigan, el futuro Billy the Kid. No desdeñ aba las ficciones teatrales; le gustaba asistir (acaso sin ningú n presentimiento de que eran sí mbolos y letras de su destino) a los melodramas de cowboys.

 

GO WEST!

Si los populosos teatros del Bowery (cuyos concurrentes vociferaban " ¡ Alcen el trapo! » a la menor impuntualidad del teló n) abundaban en esos melodramas de jinete y balazo, la facilí sima razó n es que Amé rica sufrí a entonces la atracció n del Oeste. Detrá s de los ponientes estaba el oro de Nevada y de California. Detrá s de los ponientes estaba el hacha demoledora de cedros, la enorme cara babiló nica del bisonte, el sombrero de copa y el numeroso lecho de Brigham Young, las ceremonias y la ira del hombre rojo, el aire despejado de los desiertos, la desaforada pradera, la tierra fundamental cuya cercaní a apresura el latir de los corazones como la cercaní a del mar. El Oeste llamaba. Un continuo rumor acompasado pobló esos añ os: el de millares de hombres americanos ocupando el Oeste. En esa progresió n, hacia 1872, estaba el siempre aculebrado Bill Harrigan, huyendo de una celda rectangular.

 

DEMOLICIÓ N DE UN MEJICANO

La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográ fico, procede por imá genes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del añ o 1873; el precisó lugar, el Llano Estacado (New Mexico). La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañ as. En la tierra hay el crá neo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el ú nico mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentació n de grandes monedas de plata, con una serpiente y un á guila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser españ ol, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro má s, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, só lo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha entrado un mejicano má s que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglé s desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que está n bebiendo. Nadie recoge el desafí o. Bill pregunta quié n es, y le susurran temerosamente que el Dago —el Diego— es Belisario Villagrá n, de Chihuahua. Una detonació n retumba en seguida. Parapetado por aquel cordó n de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del puñ o de Villagrá n; despué s, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plá tica. " ¿ De veras? ", dice (1). " Pues yo soy Bill Harrigan, de New York. " El borracho sigue cantando, insignificante.

 

Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revó lver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrá n. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice " que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadá ver y duerme hasta la aurora — ostentosamente.

 

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