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Carácter y táctica de un padre de la Iglesia




El obispo Alejandro murió en abril de 328. Atanasio, su secretario privado, no permaneció junto a su lecho de muerte. Como muchos de los


 

otros prí ncipes de la Iglesia, si no la mayorí a de ellos -una de sus menti­ras tipo- no aspiraba a honores ni poder y, lo mismo que los candidatos a papa del siglo xx, demostraba humildad. Se atribuyen así a su antecesor moribundo las palabras: «Atanasio, crees haber escapado, pero no logra­rá s huir». 32

Atanasio, nacido alrededor del 295 probablemente en Alejandrí a, de padres cristianos, ascendió, cuando contaba unos treinta y tres añ os de edad, el 8 de junio de 328, a la sede patriarcal de aquella ciudad, de la que fue expulsado cinco veces, totalizando diecisiete añ os y medio de exilio. Fue el obispo de mayor influencia en Oriente y soberano del má s grande aparato eclesiá stico de la é poca. Sin embargo, lo mismo que Agustí n y otros muchos papas, ascendió de manera incorrecta, y no exen­ta de violencia. Aunque se dice que fue «elegido uná nimemente por el clero y el pueblo» (Donin, cató lico), en realidad le nombraron y consa­graron só lo siete de los 54 obispos egipcios y, ademá s, faltando a la fe ju­rada, un penoso hecho que quien tanto hablara sobre é l, y a menudo de forma severa, prefiere pasar por alto. «Nuestro obispo acostumbra a tra­tar brevemente los acontecimientos desagradables, o incluso a silenciar­los por completo, como por ejemplo los antecedentes de su elecció n» (Hagel). 33

Igual que sucediera en el Imperio Romano, tambié n la situació n ecle­siá stica en Alejandrí a resultaba desconcertante, y no só lo entonces.

Ya durante la persecució n de Diocleciano se produjo en Egipto un cisma, lo mismo que en el norte de Á frica con la disputa de los donatis-tas. Por precaució n, el patriarca Pedro desapareció de la escena, con lo que el rigorista Melicio, obispo de Licó polis, usurpó los derechos del ale­jandrino huido, no pudiendo hacer desaparecer el cisma ni con su marti­rio (311). Siguió existiendo como la «Iglesia de los má rtires», a pesar de la excomunió n de Melicio en el añ o 306, al que finalmente se desterró a las temidas minas de Faino (Palestina), pero que siguió contando con cerca de un tercio del episcopado egipcio, 34 prelados. En el Concilio de Nicea, no estando excomulgados pero tampoco reconocidos del todo, sus partidarios intentaron presentar un candidato propio a la muerte del pa­triarca Alejandro. Só lo esto puede explicar que de los 54 obispos reu­nidos en Alejandrí a ú nicamente siete, una precaria minorí a, eligieran a Atanasio, que sin embargo aparentó ante Constantino la existencia de uni­dad para recibir de é l una carta congratulatoria. 34

Probablemente como Pablo y como Gregorio VII, Atanasio -una de las personalidades má s discutidas de la historia (incluso hoy siguen sien­do objeto de controversia algunos de los datos sobre su vida)- era bajo y dé bil; Juliano le llama «homú nculo». Sin embargo, lo mismo que Pablo y Gregorio, cada uno de los cuales era un genio del odio, este clé rigo, el má s obstinado de su siglo, compensaba su escasa presencia fí sica con


 

una enorme actividad. Fue uno de los personajes eclesiá sticos que con ma­yor tenacidad y falta de escrú pulos indujo a errores. Sin embargo, los ca­tó licos le declararon padre de la Iglesia, que es uno de los má ximos honores, para lo que se ajustan los hechos: «Violencia brutal contra los adversarios a los que se aproximaba, malos tratos, palizas, quema de igle­sias, asesinato» (Dannenbauer). Falta por citar el soborno y la falsifica­ció n; «imponente», si queremos utilizar el té rmino empleado por Erich Caspar, pero «totalmente desprovisto de rasgos humanos atractivos». De manera aná loga se manifiesta Eduard Schwartz sobre esta «naturaleza humanamente repulsiva, pero soberbia desde el punto de vista histó rico», y deja constancia de «la incapacidad de distinguir entre polí tica y moral, la ausencia de cualquier duda sobre su propia autolegitimidad». El teó logo Schneemelcher, por el contrario, hila má s fino, distinguiendo los «pan­fletos de polí tica eclesiá stica de Atanasio [... ] con su aborrecible polé mi­ca y su falta de veracidad» de sus «escritos dogmá ticos, que alegran el corazó n de la ortodoxia», y considera a Atanasio como un hombre «que quiere ser teó logo y cristiano y que sin embargo se queda siempre en su naturaleza humana», lo que quiere decir que el teó logo y cristiano, lo mismo que muchas de sus acciones, auna la ortodoxia gratificante con el odio y la mentira. El propio Schneemelcher cita las «intrigas» y «los im­pulsos violentos de los jerarcas», y con razó n considera que la imagen no mejora «por las acciones de la otra parte, que se encuentran exactamente al mismo nivel». (De lo que resulta la tesis principal: «La polí tica de la Iglesia es, en ú ltimo té rmino, siempre injusta». ) Sin embargo, Atanasio, que trabajó «con todos los medios de la difamació n» y que «en má s de una ocasió n rozó los lí mites de la alta traició n», tal como escribe su ad­mirador Von Campenhausen, no retrocedí a ante la liquidació n del adver­sario, como atestiguan numerosos contemporá neos. Un «hombre sangui­nario», segú n afirmaba en el añ o 255 el competente Constancio de Mi­lá n, que se rí e «taimado en la cara de todo el mundo». O, como dice su sucesor, el emperador pagano Juliano: un sujeto que se crece cuando arries­ga su cabeza. O bien, resumiendo de boca del cató lico Lippl: «Su vida y su obra son una parte muy importante de la historia de la Iglesia». 35

Pero quizá s el «papa» alejandrino fue el primero en invocar el grito de lucha: libertad de la Iglesia frente al Estado, si no contamos con que los donatistas ya preguntaban con anterioridad: ¿ Qué tiene que ver el em­perador con la Iglesia? Pero igual que ellos, Atanasio gritó tan só lo por­que el Estado, el soberano, estaba en su contra, puesto que, naturalmen­te, el santo apreciaba tambié n para sí la opresió n y el poder, y era «a me­nudo tan brutal como su contrincante» (Vogt). San Epifanio (cuyo fervor religioso contrastaba, como es bien sabido, fuertemente con su inteligen­cia), venerado como «patriarca de la ortodoxia», testifica sobre Atanasio:

«Si se le oponí a resistencia, recurrí a a la violencia». Pero si la violencia


 

le afectaba a é l mismo, como sucedió en el añ o 339 con la entrada en Alejandrí a del amano Gregorio, declara: «Un obispo no tendrí a nunca que haberse introducido con ayuda del amparo y la fuerza de quien os­tenta el poder mundano». Cuando la violencia le afectaba, como en los añ os 357-358 huyendo de los funcionarios de Constantino, predica paté ­ticamente la tolerancia y condena la fuerza como signo de la herejí a. 36

Pero esto siguió siendo siempre la polí tica de una Iglesia que cuando se veí a vencida predicaba la tolerancia y la libertad frente a toda opre­sió n, pero que al acceder a la mayorí a, al poder, no retrocede ante la coacció n y la infamia. Pues la Iglesia cristiana, especialmente la cató li­ca, nunca aspira a la libertad, a la libertad esencial, sino ú nicamente a su propia libertad. ¡ Nunca busca la libertad de los otros! Diciendo que en nombre de la fe, pero realmente por sus ansias de poder, destruye toda conciencia y necesidad de libertad y, siempre que puede, insta al Estado a que proteja sus «derechos», para arruinar los derechos del hombre, y así durante siglos.

Cuando fue la Iglesia cató lica la del Estado, Optatus de Mileva apro-| baba en 366-367 luchar contra los «herejes», incluso pasá ndolos por las armas. «¿ Por qué -se pregunta el santo- habrí a de estar prohibido vengar a Dios [! ] con la muerte de los culpables? ¿ Se quieren pruebas? Hay mi­les en el Antiguo Testamento. No es posible dejar de pensar en terribles ejemplos [... ]. » ¡ Y no hacen falta los textos de las Sagradas Escrituras! Sin embargo, cuando los arrí anos estaban en el poder, los cató licos se presentaban como defensores de la libertad religiosa. «La Iglesia amena­za con el exilio y la cá rcel -se lamentaba San Hilario-, quiere llevar a la fe por la fuerza, ella, a la que antes se creí a en el exilio y la cá rcel. Persi­gue a los clé rigos, ella, que fue propagada por los clé rigos a los que se perseguí a. La comparació n entre la Iglesia de antañ o, hoy perdida, y lo que tenemos ante nuestros ojos, clama al cielo. » De manera aná loga apela Atanasio al emperador Constantino, que estaba de parte de los cató licos. Sin embargo, cuando Constantino apoyó a los arrí anos, Atanasio abogó por la libertas ecciesiae y la polí tica del emperador se volvió de pronto «inaudita», convirtié ndose é ste en el «patró n del ateí smo y de la herejí a», en precursor del Anticristo, comparable al demomo en la tierra. Atanasio no dudó ni un momento en injuriarle gravemente de manera personal, tratá ndole de hombre carente de razó n y de inteligencia, amigo de los cri­minales... y de los judí os. «Con espadas, lanzas y soldados no se anuncia la verdad -afirma-. El Señ or no ha empleado contra nadie la violencia. » Incluso el jesuí ta Sieben admite «que Atanasio se vio obligado a hacer afirmaciones de este tipo por las dificultades que le causaba la persecu­ció n. En cuanto la facció n de Nicea alcanzó la supremací a y gozó de la atenció n del emperador, no se elevaron esos tonos». No obstante, el mis­mo Atanasio pudo dedicar a ese mismo emperador, cuando esperaba recu-


 

perar mediante é l su sede episcopal, numerosos panegí ricos, elogiando con nuevos atributos su humanidad y su clemencia, incluso agasajá ndole como a cristiano que desde siempre habí a estado lleno de amor divino. En su Apologí a ad Constantinum, publicada en 357, corteja al soberano de un modo repugnante. No obstante, en el añ o 358, en su Historia Arianorum ad monachos, le colma de desprecio y odio. Atanasio cambia constantemente de opinió n acerca del emperador y del Imperio, adaptá n­dose u oponié ndose, segú n la situació n, segú n las necesidades. Durante su tercer destierro se atrevió incluso a la rebeldí a franca contra su señ or (cristiano). Sin embargo, la muerte temprana de Constantino le evitó te­ner que sacar conclusiones acerca de esas consideraciones. 37

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