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León predica su propia preeminencia y la humildad a los legos




La importancia histó rica de este papa radica en su ampliació n del pri-
mado de Roma. Contando con poco apoyo en la tradició n -si exceptua-
mos sus ú ltimos predecesores*-) pero con naturalidad, sistematismo y
consecuencia tanto mayores, Leó n cimentó y amplió las pretensiones del
poder papal.

Para fundamentar y propagar esas pretensiones se sirvió, ante todo, de
la doctrina de Pedro. É sta le habí a sido ya predicada a todo Occidente,
Á frica incluida, pero Leó n hizo uso y abuso particularmente frecuente de


la misma, elevá ndola a potestatis plenitudo, a «petrinologí a», no sin inte-
grar en ella elementos de la ideologí a pagana exaltadora de Roma y del
Imperio con su correspondiente «ceremonial de palacio». Leó n habla in-
cesantemente de Pedro, colocá ndolo siempre en el candelero. Despué s
equipara con é l a los obispos de Roma y los convierte en «partí cipes» del
honor de Pedro, má s aú n, en sus «herederos». Es esta la é poca en que
emerge tambié n el concepto de «vicario» de Pedro. Y mediante los con-
ceptos de «vicario», de «heredero», Leó n se identifica tambié n jurí dica-
mente con Pedro, reivindicando la totalidad de los supuestos plenos po-
deres de aqué l. Con todas las artes de una osada exé gesis equipara tam-
bié n a Pedro, «la trompeta de los apó stoles» con Jesú s, le hace partí cipe
del poder de Dios para, de este modo, hacer que tambié n el papa partici-
pe del mismo. Todo concluye allí en una «inmutable participació n». ¡ Pues
por boca del papa habla Pedro. Quien escucha al papa, escucha a Pedro,
escucha a Cristo, escucha a Dios! «Así pues, cuando nuestras amonesta-
ciones hallan oí do en vuestra santidad, creed en verdad que es É l, de quien
ejercemos como vicarios (cuius vice fungimur), quien habla».

Si, segú n Cipriano, Pedro tení a meramente un primado í nter pares, aho-
ra Leó n lo eleva muy por encima de los demá s apó stoles. Conjura a cada
paso la preeminencia de Pedro, la legitimació n de los papas para su man-
dato, el papel de Roma como la sede de las sedes, la sedes apostó lica,
cabeza de la Iglesia. Con ello distorsiona la tradició n e intensifica las
pretensiones, presentando otras completamente nuevas, para lo cual se
valí a, incluso, de Valentiniano y de las damas de la casa imperial a quie-
nes ordena escribir cartas a Constantinopla con exigencias que van mu-
cho má s allá de lo hasta entonces establecido en relació n con el primado
romano. Só lo el obispo de Roma y nadie má s es «vicario de Pedro», ex-
presió n que, salvo que hubiese sido ya usada, en 431, por el legado Filipo
en Efeso, fue probablemente Leó n el primero en acuñ ar. Petrus «en cuyo
lugar Nos reinamos»: el primer pluralis majestatis de la historia de los
papas. De ese modo, el obispo romano, «no só lo es obispo de esa sede,
sino primado de todos los obispos». Todos le deben obediencia, tambié n
todos los maiores ecciesiae, los patriarcas. A é l se le ha de encomendar
«la direcció n de toda la Iglesia», como «prí ncipe de toda la Iglesia», «de
todas las Iglesias del orbe entero». Só lo «un anticristo, el diablo» lo ne-
garí a. Y quien cuestione su «principatum» no podrá «menguar su digni-
dad, sino que, engreí do por el espí ritu de la soberbia, se precipitará é l
mismo en los infiernos». Bien se echa de ver qué n es aquí el engreí do,
ello pese a que Leó n enfatice a cada paso su bajeza, su indignidad, su ca-
lidad de «indignas haeres» (indigno heredero). Pues fue este personaje,
ducho en todos los entresijos del derecho romano (autor tambié n de una
estrecha vinculació n jurí dica entre el papa y Pedro gracias a los concep-
tos de «participació n» y de «herencia» y, por lo tanto de una indivisible


unidad entre teologí a y derecho, entre Biblia y jurisprudencia), quien
acuñ ó ya previsoramente la cé lebre, y tristemente cé lebre a la par, formu-
lació n -razones para esa triste celebridad las hubo mucho tiempo ha y las
siguió habiendo, y con harta frecuencia- de que ni siquiera «los herede-
ros indignos» carecen de la dignidad de Pedro» (etiam in indigno haere-
de).
De ese modo, comenta el cató lico Kü hner, «todo, incluido el crimen,
podrí a ser justificació n». 9

El papa Leó n recalcaba infatigable la (omni-)potencia de los papas y,
consecuentemente, la suya propia. Predicaba y escribí a insistentemente
en esa lí nea: «Pedro fue elegido en todo el orbe para ser cabeza de todos
los apó stoles, de todos los pueblos convocados, de todos los padres de
la Iglesia». «Desde todos los puntos del orbe vienen a buscar refugio en la
sede de San Pedro. » Leó n lo ensalza como «roca» y fundamento, como
«custodio del Reino de los Cielos», como «arbitro de la remisió n o re-
ducció n de los pecados». Cierto que todos los obispos, concede, tienen
una «dignidad comú n», pero en modo alguno el «mismo rango». Algo si-
milar ocurrí a ya con Pedro y los apó stoles, pues «aunque todos fuesen
elegidos de una misma, só lo a uno le fue otü igado el destacar por encima
de los otros». Y no es ya que Leó n se propase afirmando que «lo que Pe-
dro sentencia tambié n queda sentenciado en el cielo», sino que encarece
asimismo que é l, el papa, goza, en el desempeñ o de su cargo, «del perpe-
tuo favor del todopoderoso y eterno Sumo Sacerdote», que es «semejante
a é l [! ] e igual al Padre». 10

Imposible llevar la arrogancia a lí mites superiores. Pero ya en su pri-
mer sermó n como papa, el 29 de septiembre de 440 -el primer sermó n
papal recogido por la tradició n- exultó, en actitud nada modesta, con el
salmista: «É l me bendijo, pues obró en mí grandes milagros [... I», para
exclamar jubiloso poco despué s, que Dios le habí a «colmado de hono-
res», encumbrá ndolo hasta «lo má s alto». "

¡ Tanto mayor era su insistencia al predicar humildad a las ovejitas de
la grey! «Pues la plena victoria del Redentor, debelador del mundo y
de Satá n, tuvo su comienzo y su fin en la humildad» (Leó n conjura a me-
nudo y de modo muy grá fico al diablo y al infierno, y con menos fre-
cuencia, como era usual, al cielo: é ste da menos de sí ). Yendo má s lejos,
Leó n afirma: «Así pues, dilectí simos, la entera [! 1 doctrina de la sabidurí a
cristiana no consiste en palabras ampulosas ni en sutiles disquisiciones;

tampoco en el afá n de gloria y honor -eso quedaba para é l y sus iguales-
sino en la humildad auté ntica y voluntaria»: é sta iba destinada a los sub-
ditos, a los sujetos a vasallaje y explotació n. Baste recordar al respecto
que el obispo de Roma era, ya en el siglo v, el mayor latifundista de todo
el Imperio romano. 12


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