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Hunerico y el clero amano dedicados a la expropiación, las proscripciones y las masacres




Genserico murió muy anciano a principios del añ o 477. Su hijo y su-
cesor fue Hunerico (477-484), cuya esposa, Eudoquia, hija de Valentinia-
no III, a la que Genserico raptó de Roma en 455, huyó en 472 a Jerusa-
lé n, presumiblemente por aversió n a la fe amana de su marido. Con todo,
el comportamiento inicial de Hunerico frente a los cató licos fue el de una
pasable tolerancia. Ello dependió seguramente no tanto de la posibilidad
de intervenció n del emperador como de la necesidad de consolidar su
trono. En un principio el rey persiguió y quemó enfervorizadamente tan
só lo a los maniqueos -lo que le granjeó el aplauso de los cató licos- y a
los propios parientes, cuyos derechos de sucesió n temí a. A unos cuan-
tos los envió al exilio privados de recursos, entre ellos a su hermano Teo-
dorico y a su sobrino Godagis, hijo de su hermano Genio. Só lo la muerte
natural libró a ambos del asesinato. Receloso, hizo decapitar a la esposa,
extremadamente culta, de su hermano Teodosio, y al hijo de ambos (tam-
bié n Genserico habí a hecho matar en su dí a a la viuda de su predecesor y
hermanastro Gunderico). El patriarca lucundus, antes predicador palacie-
go de Teodorico y ahora cabeza suprema de la Iglesia vá ndala, fue que-
mado pú blicamente en una plaza de Cartago. 110

Hunerico concedió nuevamente a los cató licos practicar su culto. Es
má s, en 481 permitió que ocupasen (con el obispo Eugenio) la sede de
Cartago. Como contrapartida exigió, desde luego, libertad para el arria-
nismo en el Imperio de Oriente. Antes que eso, los prelados cató licos
prefirieron, lo que ya es bien significativo, renunciar a las concesiones. Y
cuando Hunerico advirtió que no habí a ya amenaza alguna de conquista
del Norte de Á frica por parte de Bizancio, dio un golpe de timó n en la
polí tica religiosa, influido, y no poco, por las instigaciones del clero vá n-
dalo. m

Impulsado por la codicia, la sed de sangre y el delirio religioso inició
una opresió n sistemá tica de los cató licos y una enconada persecució n,
sobre todo, de sus sacerdotes: confiscació n de todos sus bienes (¡ la suma
de las multas impuestas era una fuente mayor de recursos que la de los
ingresos obtenidos de los talleres del Estado! ), destierro al desierto, cá r-
cel, flagelaciones, horribles suplicios y cremaciones en vivo. Quien se
negaba a hacerse amano, afirma Procopio, «era quemado o sufrí a cualquier
otro tipo de muerte». Segú n san Isidoro, arzobispo de Sevilla (fallecido
en 636) y uno de los «grandes maestros» de la Edad Media, que ejerció
«enorme influencia en el desarrollo cultural» (Altaner/Stuiber), el malva-
do Hunerico «mandó cortar la lengua a quienes confesaban su fe, los
cuales, pese a tal mutilació n, pudieron seguir hablando bastante bien has-
ta el final de sus dí as». Al parecer quien má s instigaba al rey era el pa-

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triarca Curila. Trataba incesantemente de persuadirle -con sobrada ra-
zó n- de que sin la erradicació n del catolicismo no podrí a gozar de un rei-
nado tranquilo y prolongado. Hunerico expulsó tambié n a todos los fun-
cionarios cató licos y excluyó del servicio al Estado a la totalidad de los
no amañ os. Una vez má s jugaban su papel en todo ello motivaciones de
tipo polí tico, aparte de la extravagancia religiosa. Tales eran, por ejem-
plo, el amotinamiento de la població n cató lica contra las ó rdenes del rey
y los contactos conspirativos del clero adversario con paí ses «de ultra-
mar». Motivaciones similares habí an llevado en definitiva a Hunerico a
perseguir tambié n a sacerdotes amañ os, quemando a algunos y arrojando
a otros a las fieras. El añ o 483 envió a 4. 966 cató licos a tierra de moros,
es decir al desierto, el peor de los destierros de aquel entonces, donde, se
dice, acabaron miserablemente sus dí as. 112

La campañ a llegó a su culmen en el ú ltimo añ o de gobierno de Hune-
rico.

El 1 de febrero de 484 convocó a todos los obispos cató licos del rei-
no, nada menos que 460, para sostener un diá logo religioso en la capital.
Previamente mandó maltratar y desterrar a sus portavoces má s destaca-
dos. Al obispo Laetus de Nepta lo mandó encarcelar y despué s quemar
ya que, segú n nos cuenta Isidoro, «pese a los mú ltiples castigos no se
prestó a mancharse con la herejí a amana». Cuando se hizo patente que
los prelados adversarios no se dejaban intimidar, los amañ os hicieron
fracasar el debate y culparon de ello a los cató licos. A raí z de ello Hune-
rico mandó clausurar, el 7 de febrero, todas sus iglesias y el 24 del mismo
mes impuso sin má s una prohibició n total del catolicismo. Todas las igle-
sias cató licas, juntamente con su patrimonio, fueron expropiadas en pro-
vecho de los amañ os. Cualquier acto de culto y reunió n de cató licos fue-
ron objeto de interdicto. Todo cató lico que no se convirtiese al arrianismo
(hasta el 1 de junio) perdí a sus derechos civiles. Si era funcionario de la
corte perdí a esa dignidad y declarado infame. Llovieron las multas, la con-
fiscació n de bienes, las deportaciones y la quema de libros. Quienes eje-
cutaban negligentemente estas disposiciones se veí an tambié n afectados
por la confiscació n y la muerte. Hunerico «nombró » a una verdadera le-
gió n de auxiliares de verdugo (tortores), cuya misió n consistí a en marti-
rizar del modo má s brutal o, en su caso, matar a los cató licos no conver-
sos. Se conocen unos treinta tipos de tortura con sus correspondientes ins-
trumentos. Muchos cató licos, entre ellos 88 obispos, abjuraron de su fe. 113

La ejecució n de las leyes competí a al clero amano, quien supervisaba
la persecució n imprimié ndole una gran ferocidad. Con arbitrario despo-
tismo sobrepasaba a menudo, acentuando aú n má s sus rasgos sanguina-
rios, lo prescrito por el rey. Obispos y sacerdotes recorrí an armados elpaí s
en aras de su gran obra de conversió n y no consideraban antisacramenta-
les ni aú n los forzados bautizos impuestos a personas amordazadas. De

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noche irrumpí an, con la espada misionera en su mano, en las casas de los
cató licos ponié ndolos ante la doble alternativa: segundo bautizo, riqueza
y honores o castigos que iban desde la confiscació n de sus bienes hasta la
muerte, pasando por la deportació n. Algunas mujeres cató licas fueron, al
parecer, crucificadas desnudas. A despecho de todo ello y siguiendo un
prudente cá lculo, los arrí anos, como ya hicieron antañ o, evitaron en lo po-
sible los martirios. 114

Al igual que en otros Estados cristianos, tambié n era, desde luego, fre-
cuente la pena de muerte, especialmente la decapitació n agravada previa-
mente con suplicios. Se practicaba asimismo la cremació n, la sumersió n
hasta la muerte, el arrastramiento mediante caballos y el despedazamien-
to en vivo por fieras. Las torturas preferidas eran la flagelació n, la muti-
lació n de narices, orejas, manos y pies y la abrupció n de lengua y ojos.
La persecució n de los cató licos fue acompañ ada de torturas especialmen-
te frecuentes, y los castigos aplicados procedí an en su mayor parte del
derecho romano. 115

Todo aquello constituí a un tremebundo y ya insinuado cinismo o, si se
quiere, cierta actidud consecuente: durante aquella breve, ciertamente, pero
asperí sima persecució n, en el reino vá ndalo se aplicaron cabalmente con-
tra los propios cató licos los má s á speros edictos bizantino-romanos de la
é poca antidonatista. Pues hací a ya mucho tiempo que ellos, los cató licos,
habí an tomado la delantera en todo esto. 116

Tambié n ahora, desde luego, exageraron enormemente las proporcio-
nes de sus martirios, como hicieron cada vez que no les tocó perseguir
sino ser perseguidos. El obispo Ví ctor Vitensis conjura una y otra vez una
innumerable legió n, pero el mismo no menciona má s que a doce en total.
Y ni siquiera esos doce acabaron dando testimonio con su sangre, «testi-
monio», por lo demá s, que es el que menos fuerza demostrativa tiene en-
tre todos los posibles, aunque sea, eso sí, el que alimenta el peor de los
fanatismos. El informe de Procopio muestra ya un tinte legendario al ase-
verar, por ejemplo, de Hunerico que «a muchos les mandó cortar la len-
gua de raí z. Algunos de é stos viví an todaví a en mi é poca en Constantino-
pí a y podí an, pese a todo, hablar con voz poderosa, pues ese martirio no
les causó dañ o alguno. Dos de ellos, sin embargo, perdieron posterior-
mente la facultad del habla, despué s de cohabitar con prostitutas». 117

Hunerico sucumbió tempranamente, en diciembre del añ o 484, ví cti-
ma de una enfermedad. Los cató licos acogieron jubilosos la noticia como
cada vez que muere uno de sus adversarios. Y una vez má s presentaron,
naturalmente, ese final como un castigo divino. Si hemos de creer a Ví c-
tor de Vita, Hunerico murió devorado por gusanos. Segú n Ví ctor de To-
nena feneció tras reventar y expulsar los intestinos, al igual que Arrio. Y
Gregorio de Tours, que aborrecí a todo lo perteneciente a los germanos,
salvo si eran francos, exultaba así: «Como recompensa a tales ignominias


Hunerico mismo fue poseí do por el espí ritu del mal y é l, que por tanto
tiempo habí a bebido la sangre de los santos, se desgarró con sus propios
dientes... ». 118

¡ Historiografí a cristiana!

El radicalismo de Hunerico produjo, ciertamente, considerables é xi-
tos, pero agravó el antagonismo vá ndalo-romano. Y mientras Guntamun-
do (484-496) fue paulatinamente poniendo fin a los pogroms y anulando
parcialmente los decretos de destierro de modo que ya só lo continuaban
la persecució n grupos del clero amano que lo hací an por cuenta propia,
el rey Trasamundo (496-523), su perspicaz hermano, que habí a tomado
parte decisiva, incluso en su aspecto literario, en la lucha religiosa, favo-
reció nuevamente, aunque con circunspecció n, al arrianismo. Como quie-
ra que los cató licos, contraviniendo las ó rdenes del rey, habí an establecido
nuevos obispos en sus comunidades, Trasamundo decretó nuevos destie-
rros. Es má s, reinando é l, «tan prominente por su belleza como por su
cará cter e inteligencia», se dieron, al parecer, casos en que los vá nda-
los metieron sus caballos y animales de tiro en los templos de los cató li-
cos «perpetrando por lo demá s atrocidades de todo gé nero, maltratando y
apaleando a los sacerdotes y usá ndolos para los trabajos má s viles entre
los realizados por esclavos» (Procopio). En té rminos generales, sin em-
bargo, este cuñ ado del rey godo Teodorico trabajó menos con la violen-
cia y má s con calculada deferencia. Concedió honores, cargos y tambié n
ricas donaciones a los conversos llegando a agraciar a los criminales que
se convertí an. Y los desterrados a Sicilia, 60 en un principio, 120 des-
pué s y algunos má s al final, llevaban una vida pasable. Tení an contacto
con el mundo exterior y cada añ o recibí an ropa y dinero enviados por el
papa Sí maco. 119

Pero su sobrino y sucesor Hilderico (523-530) aplicó despué s una po-
lí tica de signo contrario acarreando con ello la ruina de su pueblo.

Hilderico, nieto de Valentiniano III e hijo de Eudoquia, la hija del em-
perador, a quien los vá ndalos se llevaron cautiva tras saquear Roma en 455,
habí a pasado la mayor parte de su vida en Bizancio, «unido por estrecha
amistad a Justiniano» (Procopio). Era, al contrario que su padre, Huneri-
co, muy adepto de Roma y del emperador. Cierto que el agonizante Tra-
samundo le habí a hecho jurar que no tolerarí a la reorganizació n del cato-
licismo. Pero Hilderico -«¡ para no vulnerar la santidad del juramento! »
(san Isidoro de Sevilla)- llamó ya antes de ser elevado a rey a los obispos
cató licos desterrados para que retomasen a sus sedes, ordenó asimismo
que fuesen reocupadas las sedes vacantes y devueltas las iglesias expro-
piadas. Es má s, este enfermizo primogé nito de Hunerico, que era ya por
entonces bastante anciano, se rodeó de nobles de ascendencia romá nica e
hizo todo lo posible para granjearse el favor de la Roma de Oriente y de
los cató licos. 120


Hilderico sacrificó incluso el pacto con Teodorico en aras de esa polí -
tica que era, desde el primer momento, fuertemente procató lica y probi-
zantina. Hasta tal punto que a Amalafrida, hermana de Teodorico y viuda
de Trasamundo, que propugnaba ené rgicamente salvaguardar el pacto
con los godos, la hizo acusar de conspiració n y asesinar juntamente con
su sé quito de 1. 000 godos dorí foros (su guardia personal) y su mesnada
de 5. 000 guerreros. La enemistad que desde entonces imperó entre los
Estados germá nicos contribuyó, de seguro, decisivamente a la ruina de
ambos. Teodorico, a quien la noticia del destino de su hermana le llegó en
los ú ltimos meses de reinado, proyectó una campañ a vindicativa contra
Hilderico. Y como ahora habí a de contar con enfrentarse a las fuerzas na-
vales conjuntas de bizantinos y vá ndalos construyó con toda celeridad
una flota propia de mil dromones o naves rá pidas. El 13 de junio del
añ o 526 debí a concentrarse en Ravena, pero é l murió el 30 de agosto. 121

Cuando, al añ o siguiente, el primo de Hilderico y jefe del ejé rcito,
Oamer, sufrió un grave revé s frente a los moros, el viejo soberano, que
nunca habí a combatido personalmente, fue a dar con sus huesos en la cá r-
cel. Otro tanto le ocurrió a Oamer, que murió en ella tras haber sido cega-
do. El heredero con má s derechos al trono, Gelimer, biznieto de Genseri-
co, fue proclamado rey el 15 de junio de 530. Pero aquel golpe de Estado
sirvió de pretexto a Justiniano, que se arrogó el papel de protector de Hil-
derico, para entrar en guerra. Y el catolicismo jugó un destacado papel en
su campañ a de exterminio y en la ruina del arrianismo y del pueblo vá n-
dalo. 122

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