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Regreso de Atanasio (346), nueva huida (356) y amparo durante seis años con una belleza veinteanera




Al cabo de siete añ os y medio de exilio, el 21 de octubre de 346, Ata­nasio entró de nuevo en Alejandrí a, donde el añ o anterior habí a muerto el obispo amano Gregorio, despué s de «haber sido perseguido durante seis añ os con má s crueldad que contra un animal salvaje» (Teodoreto). Y tanto má s bienhechor parecí a el santo, incluso incuestionable hasta el asesina­to de Constante (350). Sin embargo, ya que por Dios todo está permitido, incluso es obligació n, tras la muerte de su benefactor occidental, Atanasio escribió en secreto a su asesino, Magnencio. Sus tropas se encontraban ya en Libia, en el territorio del patriarca egipcio. Por lo tanto, el patriarca ^ intentó atraer a su causa al usurpador, y má s tarde afirmarí a que sus car­tas a Magnencio habí an sido falsificadas. (De falsificaciones no entendí a ú nicamente este santo. ) Despué s de que en 351 los eusebianos intentaran sustituir el credo de Nicea por la primera fó rmula de fe sí rmica (otras tres se añ adieron en los añ os 357, 358 y 359), los concilios de Arles y Milá n, de los que vamos a hablar en seguida, volvieron a derribarle, pues ya no habí a ahora ningú n gobernante occidental que protegiera a Atanasio. No obstante, Constancio no logró expulsar a los alejandrinos. No fueron é stos sino el enviado del emperador, el notario Dió genes, el que al cabo de cuatro meses, el 23 de diciembre de 355, abandonó la ciudad. Hasta que no aparecieron en la noche del 8 al 9 de febrero de 356 el notario Hi­lario y el caudillo amano Sirianos «con má s de 5. 000 soldados, que lle­vaban consigo armas, espadas desenvainadas, arcos, flechas y mazas» (Atanasio) y cercaron la catedral del patriarca, producié ndose en el curso


 

de la acció n algunos heridos y muertos -no por su culpa, como recalcó Sirianos-, no buscó Atanasio poner tierra de por medio. Mientras que en la lucha cuerpo a cuerpo con las tropas caí an varios de sus seguidores, huyó con los monjes del desierto. 61

Pero hay una versió n má s sabrosa, incluso por parte eclesiá stica.

Despué s de las ciudades mundanas de Tré veris y Roma, inició ahora Atanasio algo má s í ntimo, la relació n con una doncella de unos veinte añ os y «de belleza tan extraordinaria -como " atestiguaba todo el clero" -que por ella y su belleza se evita cualquier encuentro para no dar motivo a las sospechas y los reproches de nadie». 62

La historia no nos la relata un malé volo pagano sino el monje, y obis­po de Helenó polis en Bitinia, Paladio, un buen amigo tambié n de san Juan Crisó stomo. En su famosa Historia Lausiaca, una fuente importante so­bre el monacado antiguo, que en su conjunto «se aproxima mucho a la verdadera historia» (Kraft), el obispo Paladio habla de la muchacha a la que rehuí a todo el clero para no provocar las malas lenguas. Pero fue distinto con Atanasio. Importunado sú bitamente por los esbirros en su pa­lacio, tomó «vestidos y manto y huyó en mitad de la noche hasta esta don­cella». Ella le acogió amablemente, aunque tambié n temerosa «a la vista de las circunstancias». Pero el santo la tranquilizó. Habí a huido só lo a causa de un «supuesto crimen», para no ser considerado un insensato «y para no hundir en el pecado a aquellos que me quieren condenar». 63

¡ Qué considerado! Y puesto que la toma por asalto de su catedral habí a costado heridos y muertos, que la nueva huida la habí an censurado inclu­so los amigos y la habí an ridiculizado sus enemigos, se defendió median­te referencias a celebridades bí blicas inspiradas por Dios que, lo mis­mo que é l, habí an escapado: Jacob de Esaú, Moisé s del faraó n, David de Saú l, etc. «Pues es lo mismo matarse uno mismo que entregarse a sus enemigos para que le maten. » Atanasio siempre se las arreglaba para jus­tificar sus actos. Sabí a que huir era lo adecuado en ese momento, «preo­cuparse de los perseguidores para que su furia no desencadene la sangre y se vuelvan culpables». El hombre no pensaba en su propia vida cuando dejó a los suyos abandonados al destino, lo mismo que muchos valientes generales en la batalla. Censurarlo serí a ingratitud frente a Dios, desobe­diencia a sus mandamientos. Tambié n podí a aprovecharse la fuga para anunciar el Evangelio mientras se huye. Incluso el Señ or, escribe Atana­sio, «se escondió y huyó ». «¿ A quié n hay que obedecer? ¿ A las palabras del Señ or o a las habladurí as? »64

Desde luego, no todo el que huye encuentra cobijo con una bella mu­jer de veinte añ os. Atanasio tuvo la suerte o la gracia. «Dios me manifes­tó en esta noche: " Só lo con ella podrá s salvarte". Llena de gozo dejó to­dos sus escrú pulos y se entregó por completo al Señ or» (bien dicho). «Por lo visto ocultó al santí simo hombre durante seis añ os, mientras vivió


Constancio. Lavó sus pies, se deshizo de sus desechos, se cuidó de todo lo que necesitaba [... ]. » Llama la atenció n que pone de manifiesto la gran santidad de Atanasio al mismo tiempo que su largo cobijo junto a la jo­ven, espacio de tiempo que se confirma ademá s en otras fuentes. Sin em­bargo, se supone hoy (a favor del santo) que se alojó con aquel encanto «só lo de manera transitoria» (Tetz), un concepto elá stico. Aparte de que la convivencia de un clé rigo con una doncella consagrada a Dios, una gyná syneí saktos, una «esposa espiritual», estaba muy extendida en los siglos m y iv, e incluí a aun la comunidad má s estrecha, la del lecho. Sin embargo, naturalmente, Atanasio estaba por encima de toda sospecha. «Me refugié en ella -se defiende-, porque es muy hermosa y joven [! ]. Así he ganado por partida doble: su salvació n, pues la he ayudado a ello, y [la salvaguarda del mi reputació n. » Algunos se mantienen siempre in­maculados. (En nuestro siglo, el que serí a má s tarde el papa Pí o XII tomó a los 41 añ os como compañ era una monja de veintitré s, hasta que é l murió. )65

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