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La Iglesia romana




La guerra goda, con sus veinte añ os de duració n convirtió a Italia en
una ruina humeante, en un desierto. Segú n L. M. Hartmann, que sigue
siendo probablemente el mejor conocedor alemá n de aquella é poca, las
heridas causadas por aquel conflicto al paí s fueron peores que las sufri-
das por Alemania en la guerra de los Treinta Añ os. El tributo de sangre
se eleva presumiblemente a millones de ví ctimas. Comarcas enteras que-
daron despobladas, casi todas las ciudades sufrieron uno o varios asedios
y sus habitantes fueron en má s de una ocasió n asesinados en su totalidad.
Muchas mujeres y niñ os fueron apresados como esclavos por los bizanti-
nos y los hombres de ambos bandos murieron al filo de la espada como
enemigos y «herejes». Roma, la ciudad millonaria, conquistada y devas-
tada por cinco veces, asolada por la espada, el hambre y la peste, só lo
contaba ya con 40. 000 habitantes. Las grandes urbes de Milá n y Ñ apó les
quedaron despobladas.

De la mano de la despoblació n, un empobrecimiento horroroso se ex-
tendió por todas partes, causado principalmente por la desertizació n de
los campos pero tambié n por el frecuente degollamiento de los rebañ os.
Los acueductos y las termas dañ adas cayeron en total abandono. Muchas
obras de arte y cultura de valor irrecuperable quedaron arruinadas. Por
todas partes el mismo espectá culo de cadá veres y ruinas, de epidemias y


hambrunas que causaban la muerte a cientos de miles. Tan só lo en la re-
gió n de Piceno -escribe Procopio, quien enfatiza su calidad de testigo
ocular-, murieron de hambre en un ú nico añ o, en 539, unas cincuenta mil
personas cuyos cuerpos estaban tan resecos que ni los mismos buitres se
dignaron aproximarse a ellos. '69

Se habí a cumplido, eso sí, la «buena esperanza» del emperador de
que «Dios tenga a bien en su gracia concedemos que Nos recuperemos
nuevamente cuanto los antiguos romanos poseyeron hasta las fronteras
de ambos océ anos y que perdieron por la desidia posterior». En el añ o 534
Justiniano pudo darse a sí mismo los ostentosos sobrenombres de «Ven-
cedor de los vá ndalos, vencedor de los godos, etc. ». 170

Et caetera...

Hasta el jesuí ta Hartmann Grisar reconoce que «lo que los bizantinos
establecieron en sustitució n del ré gimen gó tico no fue la libertad sino la
imagen de la misma en negativo [... ] equivalí a a sojuzgar el libre desarro-
llo de la personalidad, a un sistema de servidumbre», mientras «que entre
los godos la auté ntica libertad tení a allí su propia patria». 171

Los beneficiados fueron, como es usual tras las guerras (y por supues-
to tambié n en la paz), ú nicamente los ricos. La denominada Sandio
pragmá tica
del añ o 554 restableció el «antiguo orden», la «mitad occi-
dental del imperio», bajo el mando superior del exarca de Ravena. Todas
las medidas sociales de Tó tila fueron derogadas, los derechos de los lati-
fundistas parcialmente ampliados, incluso, y ellos personalmente favore-
cidos en varios sentidos. El paí s, afectado aú n por la devastació n, fue es-
quilmado hasta lo ú ltimo y el pueblo, sumido ya de por sí en una miseria
lastimosa, fue forzado, con brutalidad inmisericorde, al pago de elevados
impuestos. Todos los esclavos y colonos fugitivos apartados de las fincas
fueron obligados a servir nuevamente a sus amos. 172

Pero los mayores beneficios de aquel fiasco los obtuvo la Iglesia,
como es habitual despué s de las guerras: incluso, y en mayor medida, en
el siglo xx. («Se abrió paso la convicció n -confesaba el cardenal Gas-
quet en el Congreso Cató lico de Liverpool, despué s de la segunda guerra
mundial- de que la figura que quedó mejor parada en la guerra fue la del
papa. »)173

La «herejí a» amana fue erradicada de Á frica. Tambié n desapareció
Italia como reino independiente mientras que en aquel caos general iba
creciendo como un inmenso pará sito el «Estado de la Iglesia». Los anti-
guos privilegios de Roma fueron restablecidos y Justiniano acrecentó el
poder y el prestigio del obispo romano. Tambié n en la parte antigua del
Imperio privilegió su legislació n eclesiá stica -y cada vez de un modo
má s claro- a la Iglesia cató lica, y en especial al monacato. Y mientras se
endurecen continuamente las medidas persecutorias contra los herejes, el
papa gobierna un patriarcado cuyas fronteras se adentran profundamente


en Oriente. Es má s, obtiene una potestad municipal acrecentada, un am-
plio control sobre la administració n y el funcionarado. Simultá neamente,
los obispos obtienen el derecho de intervenir, junto a los notables (prima-
tes)
y por delante de ellos, en la elecció n de los gobernadores provincia-
les, y el clero italiano en general se beneficia de todos los privilegios que
obtuvo el oriental por medio de la Pragmá tica Sanció n, que tambié n pasó
a ser vigente para Italia. Esplé ndidamente organizado, aquel clero estu-
vo, antes que cualquier persona privada, en situació n de hacer valer sus
intereses materiales. El papa obtuvo tambié n, juntamente con el senado,
la inspecció n sobre pesos, medidas y monedas. Y como quiera que los bie-
nes de la Iglesia gozaban de mayor movilidad que los de cualquier perso-
na secular y que no só lo pudo consolidar sino tambié n aumentar sus po-
sesiones, sobre todo mediante el expolio del considerable patrimonio de
la Iglesia amana «se convirtió en un poder econó mico de primer rango y
en la ú nica institució n de cará cter pú blico de marcha ascendente en aque-
lla decadencia general de Italia» (Gaspar), convirtié ndose casi «en el ú ni-
co poder dinerario de Italia (Hartmann) y «el papa en el hombre má s rico
del paí s» (Haller). 174

Pero la Iglesia occidental no só lo obtuvo provecho de los cambios de
propiedad y del acrecentamiento de su patrimonio, algo que interesaba
personalmente al emperador sino que, como ocurre despué s de cada gran
guerra, los templos se abarrotaban de gente y sobre todo, en aquella é po-
ca, los monasterios. (Como fue asimismo el caso tras la primera guerra
mundial, é poca en que el clero alemá n fundó de doce a trece monasterios
como promedio mensual en los añ os que fueron del 1919 al 1930, con un
aumento del nú mero de sus miembros ¡ de unos dos mil al añ o! ) Pues el
campesino arruinado, el colono hambriento, el funcionario urbano abru-
mado por los impuestos, todos acudí an a ellos. «La Iglesia -escribe Gre-
gorovius- era lo ú nico que quedaba en pie, sola en medio de las ruinas
del viejo Estado, ú nica entidad con fuerza para sobrevivir y consciente de
sus objetivos, pues a su alrededor todo era desierto. » La tendencia de la
é poca, confirma tambié n Hartmann, «apuntaba en todas partes al aumen-
to del patrimonio sacerdotal [... ]. La atmó sfera de la é poca, la decadencia
general y la horrible desgracia de aquella guerra de 20 añ os eran factores
propicios a la fe, que barruntaba el pró ximo fin del mundo, que hací a ver
los bienes materiales como insí pidos y perecederos y exigí a la medita-
ció n interior para salvar al menos el alma [... ]. En correspondencia con
esas propensiones la vida monacal alcanzó entonces y justamente en Ita-
lia un esplé ndido florecimiento [... ]. Só lo que una vez má s son los colo-
nos quienes sostienen, con sus tributos y el pago de sus rentas, la vida del
monasterio [... ]. La mayor parte de las rentas derivadas de esa fertilidad
sigue redundando, como siempre, no en su beneficio, sino en el de su se-
ñ or territorial, el monasterio». 175


La especialmente beneficiada por la guerra fue la iglesia de Ravena,
cuyas rentas regulares se estimaban ya por entonces en unos doce mil so-
lidi
(piezas de oro). Sus posesiones territoriales, que llegaban hasta Sici-
lia, aumentaban continuamente mediante los donativos y la legació n de
herencias. Banqueros adinerados construyeron y equiparon muchas, lla-
mé moslas así, casas de Dios. Pero sobre todo el obispo de Ravena se be-
nefició especialmente de la apropiació n de las iglesias y bienes arrí anos
cuyo nú mero era particularmente crecido en los alrededores de la antigua
capital goda. 176

En una ley complementaria de su duodé cimo añ o de gobierno, que
afectaba al derecho privado (538/539), Justiniano escribí a lo siguiente:

«Todo nuestro empeñ o consistió en hacer que en nuestro Estado imperen,
se robustezcan, florezcan y aumenten las libertades y es ese anhelo que
nos llevó a emprender guerras tan enormes contra Libia y Occidente en
pro de la «recta fe» en Dios y por la libertad de los subditos». 177

Pero si bien es cierto que el emperador no libró precisamente sus gue-
rras, de má s de veinte añ os de duració n, «por la libertad de los subditos»,
sí que lo hizo, y no en ú ltimo lugar, por la «recta fe». En aras de é sta,
como consta firmemente, habí a sacrificado y borrado de la Tierra a dos
pueblos. Pues la recuperatio imperii, tan asombrosa para muchos con-
temporá neos y para el mismo Justiniano consistió fundamentalmente en
la sangrienta reconquista de Á frica septentrional e Italia en favor del ca-
tolicismo. El dé spota se convirtió así en «campeó n de la Iglesia roma-
na», dando «en primera lí nea a Roma y al papa, cuanto é l podí a darles»
(Rubin). 178

A los subditos, en cambio, el emperador no les dio nada nuevo. Pues
quien quiera que dé y con tal abundancia a Roma y al papa, tiene, preci-
samente, que quitá rselo a otros. Y casi siempre, ademá s, ha de oprimir-
los. Pues precisamente esas largas guerras supuestamente emprendidas
por la libertad de norteafricanos, hispanos y, en especial, italianos -junta-
mente con las guerras persas con sus má s de setecientas fortalezas y cen-
tenares de iglesias de nueva construcció n- devoraron ingentes sumas de
dinero. Pero para financiar los ejé rcitos en Oriente y en Occidente hubo
que arruinar las provincias orientales a fuerza de impuestos, y el pueblo,
como encarece Procopio, fue exprimido de modo cada vez má s implaca-
ble. El descontento aumentó paralelamente, tanto má s cuanto que
la administració n era tan corrupta como la justicia, que los generales
eran insolentes y la prevaricació n y la violencia estaban a la orden del
dí a. De ahí que en aquel Estado policial y sacralizado todos robaban, des-
de la policí a a los ministros, y los sedicentes «cazadores de forajidos»
causaban a veces má s estragos que los mismos forajidos. Mientras que a
los latifundistas, generales y prí ncipes de la Iglesia «ortodoxos» les iba
esplé ndidamente, tan só lo en la capital se produjeron en el ú ltimo dece-

 


nio del gobierno de Justiniano media docena de levantamientos popula-
res. Y el dé spota cató lico, que tambié n oprimí a duramente a los colonos
con sus leyes, ahogó en sangre todos los alzamientos revolucionarios del
pueblo. 179

El cronista de la é poca, Procopio, modelo de la historiografí a bizanti-
na acusa incesantemente en su Historia secreta al emperador de asesina-
to y robo en la persona de sus subditos así como del má s desconsiderado
despilfarro del dinero extorsionado. Las acusaciones de Procopio culmi-
nan en el capí tulo dieciocho, que presumiblemente se atiene en lo esencial
a la verdad a despecho de algunas exageraciones, especialmente en lo to-
cante a las cifras o cuando usa hipé rboles como esta: «Serí a má s fá cil con-
tar todos los granos de arena que las ví ctimas sacrificadas por este empe-
rador [... ]». A Libia, de tan dilatadas dimensiones, la sumió en tal ruina
que incluso una larga caminata apenas si le depararí a a uno la sorpresa de
encontrarse con una persona. Y si allí habí a al principio 80. 000 vá ndalos
en armas, ¿ quié n podrí a estimar el nú mero de las mujeres, niñ os y sier-
vos? ¿ Có mo podrí a alguien enumerar la multitud de todos los libios (ro-
manos) que viví an antes en las ciudades o se dedicaban a la agricultura,
la navegació n o la pesca como yo mismo pude observar a lo largo y lo
ancho con mis propios ojos? Y todaví a era má s numerosa la població n
nú mida, que pereció entera con mujeres y niñ os. Y finalmente la tierra
albergaba muchos soldados romanos y sus acompañ antes de Bizancio. De
forma que quien indicase para Á frica la cifra de cinco millones de muer-
tos se quedarí a algo corto respecto a la realidad. La causa de ello fue que
Justiniano, una vez derrotados los vá ndalos, no se preocupó de consolidar
el dominio sobre el paí s. No veló por asegurarse aquel botí n mediante la
lealtad de los subditos. Lo que hizo má s bien fue ordenar sú bitamente,
sin vacilar, el regreso de Belisario bajo la injusta acusació n de tiraní a,
para hacer y deshacer a su capricho desde aquel mismo momento, expo-
liando así a toda Libia.

»Envió de inmediato a funcionarios del fisco (censitores) e impuso im-
puestos extremadamente inhumanos e inauditos. Confiscó las mejores fin-
cas e impidió a los amañ os dispensar sus sacramentos. Pagó las soldadas
só lo con retrasos y por lo demá s siempre trató abusivamente a sus tropas.
Esa fue la raí z de los levantamientos que acarrearon finalmente grandes
males. No podí a persistir en lo ya conseguido. Su naturaleza le inclinaba
cabalmente a revolverlo y agitarlo todo.

»Italia, tres veces má s grande, como mí nimo, que (¡ la provincia de! )
Á frica, queda, en amplias regiones, aú n má s despoblada que é sta de for-
ma que no resultará muy difí cil adivinar el nú mero de los que perecieron
en aqué lla. Las razones de todo cuanto acaeció en Italia las expuse ya an-
teriormente (en su historia de las campañ as). Todo cuanto cometió de
delictivo en Á frica, volvió a repetirlo allí. Aparte, envió a los llamados


logothetes (comisionados del ministerio fiscal) y revolvió y arruinó todo
in situ. Antes de esa guerra el poder godo se extendí a desde la Galia has-
ta las fronteras de la Dacia, donde está situada la ciudad de Sirmio. Los
germanos (¡ los francos! ) se apoderaron de muchos territorios en la Galia
y Venecia, cuando el ejé rcito romano llegó a Italia. Sirmio y sus alrede-
dores estaba ocupado por los gé pidos, pero todo, dicho brevemente, está
ahora despoblado. Pues a unos se los llevó la guerra por delante, los otros
sucumbieron al hambre y la peste subsiguientes a la misma. Iliria y toda
la Tracia, desde má s o menos el mar Jó nico hasta las proximidades de Bi-
zancio, incluidas la Hé lade y el Quersoneso, sufrí an casi cada añ o, desde
que Justiniano asumió el poder, las correrí as de los hunos, los eslavones
y los antes, cometiendo las peores atrocidades con los habitantes. Pues
creo que cada correrí a costó la vida o la esclavitud a 200. 000 romanos,
de modo que todo el paí s parece un yermo de Escitia. Tales fueron, por tan-
to, las consecuencias de la guerra en Á frica y en Europa. Pero durante
todo este tiempo los sarracenos lanzaron continuamente sus embestidas
contra los romanos del este, causando exterminios desde Egipto hasta la
frontera persa, de forma que todas las comarcas quedaron despobladas en
gran medida, y no creo que haya nadie que pueda dar respuesta si alguien
pregunta por el nú mero de personas que perecieron de esta manera. Los
persas y Cosroes invadieron cuatro veces los restantes territorios roma-
nos. Destruyeron las ciudades, y en cuanto a los hombres de que se apo-
deraron en ellas y en las comarcas, a unos los mataron y a otros se los lle-
varon cautivos de modo que los territorios que ellos asolaron quedaron
cabalmente privados de sus habitantes. Desde que tambié n irrumpen vio-
lentamente en la Colquida (¡ Lazica! ), estos mismos habitantes, lacicos y
romanos, sufren igualmente exterminios. Pero tampoco los persas, sarra-
cenos, hunos, las tribus o los otros bá rbaros salieron incó lumes del terri-
torio romano. Sus ataques, y sobre todo los asedios y los numerosos cho-
ques armados les dejaron tan maltrechos que tambié n ellos fueron a su
perdició n, de modo que no só lo los romanos, sino tambié n la mayorí a de
los bá rbaros obtuvieron el pago por el estigma asesino que afeaba a Justi-
niano. El propio Cosroes poseí a mal cará cter, pero como ya dije en los
correspondientes libros (de la historia de las campañ as), Justiniano le dio
toda clase de motivos para sus guerras. É ste no recapacitó nunca para
obrar en el momento oportuno, sino que actuó siempre inoportunamente.
En la paz y en los tratados urdí a siempre, de acuerdo con su aviesa í ndo-
le, motivos de guerra contra sus vecinos. En la guerra, en cambio, flojeaba
sin razó n, y afrontaba cuanto era necesario con mucha negligencia, debi-
do a su avaricia. En vez de ocuparse de ella escrutaba las nubes y se es-
forzaba afanoso por investigar la naturaleza de Dios. Como era un asesino
alevoso, no querí a renunciar a las guerras, pero, por otra parte, no podí a
vencer a sus enemigos porque su mezquindad le impedí a siempre em-

 


prender lo necesario. De ese modo, durante el tiempo de su gobierno el
mundo se empapó hasta la saciedad de la sangre de casi todos los roma-
nos y bá rbaros.

»Para decirio resumidamente: é sos fueron los eventos bé licos acaeci-
dos por esa é poca y padecidos por doquier en tierras romanas. Pero si yo
hiciese cuentas de los levantamientos producidos en Bizancio y todas las
ciudades, se deducirí a que, en mi opinió n, los crí menes causados no se-
rí an menores a los de las guerras. Apenas hubo justicia ni castigo ecuá ni-
me de los delitos, pues estando el emperador fervientemente inclinado a
uno de los partidos, el otro tampoco daba tregua. Ocurrí a má s bien que
los unos, por estar en inferioridad de condiciones y los otros, en virtud de
su insolencia, propendí an continuamente a la desesperació n y la locura.
Ora se acometí an mutuamente en tropel, ora luchaban en pequeñ o nú me-
ro o se tendí an, segú n las circunstancias, emboscadas individuales. A lo
largo de treinta y dos añ os no concedieron ni un momento de calma, per-
petraron alternativamente horribles sevicias y en general padecieron la
muerte a manos de la autoridad que preside el demos (praefectus urbi).
Pero el castigo recaí a por lo regular sobre los verdes. Aparte de todo ello,
la persecució n de los samaritanos y de los denominados heré ticos colmó
de crí menes el Imperio romano. Todo esto lo comento ahora de forma
muy sumaria, porque ya lo traté recientemente por extenso». 180

Cuando el tirano murió el pueblo no era libre y el Imperio estaba eco-
nó micamente exhausto, al borde de la bancarrota.

Para el papado, en cambio, la era de Justiniano -aunque só lo fuese por
la reconquista, por el exterminio de dos poderosos pueblos arrí anos y la
disolució n del reino autó nomo de Italia- mostró ser en extremo ventajosa
en lo material y lo jurí dico. Eso a despecho de que los mismos papas vol-
vieron a hacerse má s dependientes respecto de la esfera de influencia de
los emperadores y vieron su poder tan reducido que algunos de ellos su-
frieron peligrosas humillaciones. Como contrapartida, el papa sometió a
los obispos orientales a la potestad del papa asegurando: «En todos los
asuntos procuramos gustosos que todo redunde en el aumento del honor
y la autoridad de Vuestra Sede». Pero Caspar comenta así: «Nunca hasta
entonces habló un emperador en tono tan reverencial a la Iglesia romana
y. sin embargo, nadie obró, simultá neamente, de forma tan autocrá tica». 181

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