Главная | Обратная связь | Поможем написать вашу работу!
МегаЛекции

LA ROSA DE PARACELSO Jorge Luis Borges




De Quincey, Writings, XIII, 345

 

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del só tano. Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discí pulo. Atardecí a, El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares, Levantarse para encender la lá mpara de hierro era demasiado trabajo, Paracelso, distraí do por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche habí a borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, El hombre, soñ oliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. Tambié n estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-, No recuerdo la tuya, ¿ Quié n eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-, Tres dí as y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discí pulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le habí a dado la espalda para encender la lá mpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostení a una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no será s nunca mi discí pulo,
-El oro no me importa -respondió el otro-, Estas monedas no son má s que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñ es el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aú n a entender. Cada paso que dará s es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿ hay una meta?
Paracelso se rio.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estú pidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razó n, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que " hay" un Camino,
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos añ os. Dé jame cruzar el desierto. Dé jame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,
-¿ Cuá ndo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo -dijo con brusca decisió n el discí pulo.
Habí an empezado hablando en latí n; ahora, en alemá n.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Dé jame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré despué s mi vida entera.
-Eres muy cré dulo -dijo el maestro- No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy cré dulo quiero ver con mis ojos la aniquilació n y la resurrecció n de la rosa.
Paracelso la habí a tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres cré dulo -dijo-. ¿ Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discí pulo.
-Está s equivocado. ¿ Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿ Crees que el primer Adá n en el Paraí so pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraí so -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se habí a puesto en pie.
-¿ En qué otro sitio estamos? ¿ Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraí so? ¿ Crees que la Caí da es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraí so?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafí o el discí pulo.
-Aú n queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerí as que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que só lo su apariencia puede cambiar. Me bastarí a una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿ Una palabra? -dijo con extrañ eza el discí pulo-. El atanor está apagado y está n llenos de polvo los alambiques. ¿ Qué harí as para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió -- y está n llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuá les son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraí so en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseñ a la ciencia de la Cá bala.
El discí pulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparició n y aparició n de la rosa.
No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
-Si yo lo hiciera, dirí as que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te darí a la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Ademá s, ¿ quié n eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿ Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos añ os que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y despué s la rosa. No te pediré nada má s. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso habí a dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y só lo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se habí a inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los mé dicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá está n en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergü enza. Paracelso era un charlatá n o un mero visionario y é l, un intruso, habí a franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes má gicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señ or exigí a de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea má s fuerte y seré tu discí pulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasió n, pero esa pasió n era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿ Quié n era é l, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrí lega que detrá s de la má scara no habí a nadie?
Dejarle las monedas de oro serí a una limosna. Las retornó al salir. Paracelso lo acompañ ó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre serí a bienvenido. Ambos sabí an que no volverí an a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lá mpara y de sentarse en el fatigado silló n, volcó el tenue puñ ado de ceniza en la mano có ncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

 

La muerte y la brú jula
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)

A Mandie Molina Vedia

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lö nnrot, ninguno tan extrañ o —tan rigurosamente extrañ o, diremos— como la perió dica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lö nnrot no logró impedir el ú ltimo crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfologí a de la malvada serie y la participació n de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) habí a jurado por su honor la muerte de Lö nnrot, pero é ste nunca se dejó intimidar. Lö nnrot se creí a un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero habí a en é l y hasta de tahur.
El primer crimen ocurrió en el Hô tel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reú ne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cá rcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el dí a tres de diciembre el delegado de Podó lsk al Tercer Congreso Talmú dico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hô tel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignació n que le habí a permitido tolerar tres añ os de guerra en los Cá rpatos y tres mil añ os de opresió n y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el dí a siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormí a en la pieza contigua. ) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A. M., lo llamó por telé fono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacró nica. Yací a no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñ alada profunda le habí a partido el pecho. Un par de horas despué s, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotó grafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lö nnrot debatí an con serenidad el problema.
—No hay que buscarle tres pies al gato —decí a Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladró n ha tenido que matarlo. ¿ Qué le parece?
—Posible, pero no interesante —respondió Lö nnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligació n de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligació n, pero no las hipó tesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferirí a una explicació n puramente rabí nica, no los imaginarios percances de un imaginario ladró n.
Treviranus repuso con mal humor:
—No me interesan las explicaciones rabí nicas; me interesa la captura del hombre que apuñ aló a este desconocido.
—No tan desconocido —corrigió Lö nnrot —. Aquí está n sus obras completas—. Indicó en el placard una fila de altos volú menes; una Vindicació n de la cá bala; un Examen de la filosofí a de Robert Fludd; una traducció n literal del Sepher Yezirah; una Biografí a del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografí a (en alemá n) sobre el Tetragrá maton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsió n. Luego, se echó a reí r.
—Soy un pobre cristiano —repuso—. Llé vese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judí as.
—Quizá s este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judí as —murmuró Lö nnrot.
—Como el cristanismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tí mido.
Nadie le contestó. Uno de los agentes habí a encontrado en la pequeñ a má quina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lö nnrot se abstuvo de sonreí r. Bruscamente biblió filo o hebraí sta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigació n policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñ anzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrá maton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que será n, que son y que han sido en el universo. La tradició n enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraí stas atribuyen ese imperfecto nú mero al má gico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señ ala un centé simo nombre. El Nombre Absoluto.
De esa erudició n lo distrajo, a los pocos dí as, la aparició n del redactor de la Yidische Zaitung. Este querí a hablar del asesinato; Lö nnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lö nnrot se habí a dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lö nnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edició n popular de la Historia de la secta de los Hasidim.
El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el má s desamparado y vací o de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorerí a un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñ alada profunda le habí a rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, habí a unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lö nnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automó vil, la ciudad se desintegraba; crecí a el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un á lamo. Llegaron a su pobre destino: un callejó n final de tapias rosadas que parecí an reflejar de algú n modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya habí a sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que habí a ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar despué s en ladró n y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el ú ltimo representante de una generació n de bandidos que sabí a el manejo del puñ al, pero no del revó lver. ) Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el telé fono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con á vido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneració n razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Despué s, la comunicació n se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habí an hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lecherí a, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patró n. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandé s, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la ú ltima persona que habí a empleado el telé fono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patró n le comunicó lo siguiente: Hace ocho dí as, Gryphius habí a tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitació n a un empleo que Treviranus adivinó ) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salí a casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocí an la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tení a má scara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —é l en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecí a tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes. ) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dá rsena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el ú ltimo arlequí n garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.
Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decí a:

La ú ltima de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, despué s, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Habí a en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca hú ngara; en un armario, un libro en latí n —el Philologus hebraeograecus(1739), de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignació n e hizo buscar a Lö nnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:
—¿ Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?
Erik Lö nnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertació n trigé sima tercera del Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir —agregó —, El dí a hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.
El otro ensayó una ironí a.
—¿ Ese dato es el má s valioso que usted ha recogido esta noche?
—No. Má s valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.
Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones perió dicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del ú ltimo Congreso Eremí tico; Erns Palast, en El Má rtir, reprobó “las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judí os”; la Yidische Zaitung rechazó la hipó tesis horrorosa de un complot antisemita, “aunque muchos espí ritus penetrantes no admiten otra solució n del triple misterio”; el má s ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirí an crí menes de é sos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.
Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contení a una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habrí a un cuarto crimen, pues la pinturerí a del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hô tel du Nord eran “los vé rtices perfectos de un triá ngulo equilá tero y mí stico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triá ngulo. Treviranus leyó con resignació n ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lö nnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.
Erik Lö nnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetrí a en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetrí a en el espacio tambié n... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compá s y una brú jula completaron esa brusca intuició n. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrá maton (de adquisició n reciente) y llamó por telé fono al comisario. Le dijo:
—Gracias por ese triá ngulo equilá tero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañ ana viernes los criminales estará n en la cá rcel; podemos estar muy tranquilos.
—Entonces, ¿ no planean un cuarto crimen?
—Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.
—Lö nnrot colgó el tubo. Una hora despué s, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barceloné s, medran los pistoleros. Lö nnrot sonrió al pensar que el má s afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañ ero de Scharlach; Lö nnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta ví ctima fuera Scharlach. Despué s, la desechó... Virtualmente, habí a descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trá mites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Querí a pasear, querí a descansar de tres meses de sedentaria investigació n. Reflexionó que la explicació n de los crí menes estaba en un triá ngulo anó nimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien dí as.
El tren paró en una silenciosa estació n de cargas. Lö nnrot bajó. El aire de la turbia llanura era hú medo y frí o. Lö nnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgó n en una ví a muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebí a del agua crapulosa de un charco. Oscurecí a cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.
Una herrumbrada verja definí a el perí metro irregular de la quinta. El portó n principal estaba cerrado. Lö nnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portó n entero cedió.
Lö nnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rí gidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inú tiles simetrí as y en repeticiones maniá ticas: a una Diana glacial en un nicho ló brego correspondí a en un segundo nicho otra Diana; un balcó n se reflejaba en otro balcó n; dobles escalinatas se abrí an en doble balaustrada. Lö nnrot rodeó la casa como habí a rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.
La empujó: unos pocos escalones de má rmol descendí an a un sotano. Lö nnrot, que ya intuí a las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del só tano habí a otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.
Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definí a en el triste jardí n dos fuentes cegadas. Lö nnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerí as salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecá maras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardí n desde varias alturas y varios á ngulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañ as embaladas en tarlatá n. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pé talos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el ú ltimo, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetrí a, los espejos, los muchos añ os, mi desconocimiento, la soledad.
Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeñ a estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre é l y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:
—Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un dí a.
Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lö nnrot. Este, al fin, encontró su voz.
—Scharlach, ¿ usted busca el Nombre Secreto?
Scharlach seguí a de pie, indiferente. No habí a participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revó lver de Lö nnrot. Habló; Lö nnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamañ o del universo, una tristeza no menor que aquel odio.
—No —dijo Scharlach—. Busco algo má s efí mero y deleznable, busco a Erik Lö nnrot. Hace tres añ os, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve dí as y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simé trica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueñ o y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandé s trató de convertirme a la fe de Jesú s; me repetí a la sentencia de los goim: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metá fora: yo sentí a que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era tambié n la cá rcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que habí a encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresió logo muerto, una brú jula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñ al, los rombos de una pinturerí a.
El primer té rmino de la serie me fue dado por el azar. Yo habí a tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habí amos adelantado y acometió la empresa el dí a antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se habí a puesto a escribir. Verosí milmente, redactaba unas notas o un artí culo sobre el Nombre de Dios; habí a escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertarí a todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñ alada en el pecho. Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le habí a enseñ ado que lo má s fá cil y seguro es matar... A los diez dí as yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios habí a originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recó ndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habí an llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habí an sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.
Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convení a un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la ví ctima necesaria. Merecí a la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podí a aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñ aló; para vincular su cadá ver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturerí a La segunda letra del Nombre ha sido articulada.
El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubí culo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La ú ltima de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crí menes era triple. Así lo entendió el pú blico; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lö nnrot, comprendiera que es cuá druple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrá maton —el nombre de Dios, JHVH— consta de cuatroletras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro té rminos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el dí a de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triá ngulo equilá tero a Treviranus. Yo presentí que usted agregarí a el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lö nnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.
Lö nnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los á rboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frí o y una tristeza impersonal, casi anó nima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardí n subió el grito inú til de un pá jaro. Lö nnrot consideró por ú ltima vez el problema de las muertes simé tricas y perió dicas.
—En su laberinto sobran tres lí neas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una lí nea ú nica, recta. En esa lí nea se han perdido tantos filó sofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kiló metros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kiló metros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguá rdeme despué s en D, a 2 kiló metros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Má teme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola lí nea recta y que es indivisible, incesante.
Retrocedió unos pasos. Despué s, muy cuidadosamente, hizo fuego.

 

EL PERÚ

De la suma de cosas del orbe ilimitado

vislumbramos apenas una que otra. El olvido

y el azar nos despojan. Para el niñ o que he sido,

el Perú fue la historia que Prescott ha salvado.

 

Fue tambié n esa clara palangana de plata

que pendió del arzó n de una silla y el mate

de plata con serpientes arqueadas y el embate

de las lanzas que tejen la batalla escarlata.

 

Fue despué s una playa que el crepú sculo empañ a

y un sigilo de patio, de enrejado y de fuente,

y unas lí neas de Eguren que pasan levemente

 

y una vasta reliquia de piedra en la montañ a.

Vivo, soy una sombra que la Sombra amenaza;

moriré y no habré visto mi interminable casa.

 

 

La moneda de hierro (1976)

 

Поделиться:





Воспользуйтесь поиском по сайту:



©2015 - 2024 megalektsii.ru Все авторские права принадлежат авторам лекционных материалов. Обратная связь с нами...