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La huida del mundo y el afán de hacer carrera




 

De los má s de 260 papas ú nicamente Leó n I y san Gregorio I (590-604) son los pontí fices que, ademá s del tí tulo de doctores de la Iglesia, llevan el apelativo de «Grande» (Magno), que Gregorio, segú n Haller, no mereció, pues ya Mommsen le llama con razó n hombre grande muy pequeñ o. Pero al menos procedí a del «gran mundo». El primer monje que llegó a la supuesta silla de Pedro era del linaje senatorial de los Anicios; es decir, de la alta y rica nobleza romana; de senatoribus primis, dice Gregorio de Tours (todos los escritores eclesiá sticos hacen hincapié en el origen «noble» y/o rico de sus hé roes). Incluso en su aspecto puramente externo fue el «milagro de su tiempo»; pues siendo un hombre de estatura media, ojos pequeñ os y amarillentos, una discreta nariz aquilina y cuatro ricitos mí seros y un crá neo poderoso casi calvo, era de hecho un milagro en sí mismo, y no só lo para su tiempo. Y bien, aquella cabeza verdaderamente extraordinaria se multiplicó y, cual reliquia santa, pudo estar a la vez en muchas ciudades: Constanza, por ejemplo, poseí a la cabeza de Gregorio, como la poseí an tambié n Praga, Lisboa, Sens...

Hacia 573 Gregorio era praefectus urbis, el cargo civil má s alto de Roma. Adornado de piedras preciosas y flanqueado de una guardia personal armada, residí a en un palacio suntuoso. Porque, aunque «impulsado ya por el anhelo del cielo» —segú n confiesa en el pró logo a sus M-ralia—, se interesaba por las bellas apariencias, por su «nivel de vida externo» y sin excesivo disgusto serví a «al mundo terreno». 8

La familia era acaudalada con posesiones en Roma y sus alrededores, y especialmente en Sicilia. Tení a relaciones hasta en Constantino-pí a, y tambié n segú n parece era de una religiosidad intensa. Riquezas y religió n no se excluyen en modo alguno. Bien al contrario: a quien Dios ama le hace rico; y naturalmente —a pesar de los camellos y de los ojos de aguja— justo así llega al cielo. La poderosa estirpe de Gregorio ya habí a dado al mundo dos papas: Agapito I y Fé lix III, a quien é l mismo llama su antepasado (atavus). Y la Iglesia canonizó asimismo a su madre Silvia y a sus dos tí as, las monjas Tersila y Emiliana.


 

La extraordinaria multitud de santos procede desde el siglo iv de familias ricas o nobles o al menos llegaban a obispos. La santidad anida en las ramas altas, y allí incuba tambié n sus huevos de basilisco. Las vidas de los santos destacan mucho esa prosapia. Pero la tí a má s joven de Gregorio, Gordiana, asimismo monja, escapó a ese destino elegido por ella misma y para oprobio del sobrino contrajo matrimonio con alguien que no estaba a la altura de su clase: con su mayordomo. 9

Gregorio, por su parte, que veí a el fin pró ximo y casi inminente del mundo, que incluso veí a la Iglesia como un «viejo barco», botí n desesperanzado del furioso oleaje, pronto entonó sus fú nebres ditirambos. «Los azotes de la justicia celeste no tienen fin», llegó a escribir, aunque el fin lo esperaba. Hubo terremotos y hambres, pestilencias, signos en el cielo, espadas de fuego rojas por la sangre de los hombres. Los campos fueron devastados, arrasados los castillos y las ciudades destruidas. La propia Roma era un montó n de ruinas, despoblada y desaparecidos su pompa y los placeres desbocados. Pero la có lera de Dios amenazaba y se cerní a «su juicio inminente con plagas terribles». En efecto, Gregorio encontraba el mundo «viejo y sombrí o, que se acercaba a su muerte cercana como empujado por un mar de calamidades». Mas quien ama a Dios «tiene que alegrarse del fin del mundo... ». 10

Ya entre su elecció n y consagració n el 3 de septiembre de 590 Gregorio, que por su debilidad yací a casi siempre en cama, habí a llamado a combatir la peste bubó nica procedente de Egipto, y a la que habí a sucumbido incluso su predecesor Pelagio II el 8 de febrero de 590. Por supuesto que Gregorio declaró la peste cual castigo de Dios, como venganza por los pecados de los longobardos, de los paganos, de los «herejes», y reclamó su conversió n «a la verdadera y recta fe cató lica», exigiendo arrepentimiento, penitencia, oraciones y cantos de Salmos durante tres dí as, «mientras todaví a es tiempo de lá grimas». Tambié n puso en marcha entre las ruinas de la ciudad destruida una espectacular procesió n de siete vueltas —con ella hace comenzar Gregorovius «la Edad Media de Roma»—, con lastimeros cantos corales, con invocaciones tediosas a todos los má rtires posibles, incluidos los que nunca habí an existido, como los santos Gervasio y Protasio inventados en la sangrienta comedia del doctor de la Iglesia, san Ambrosio de Milá n. El é xito fue tambié n apoteó sico. Pero un testigo ocular contó a san Gregorio de Tours, que entonces «en el espacio de una hora, mientras el pueblo elevaba sus voces en oració n al Señ or, ochenta hombres se desplomaban y caí an muertos». De todos modos, en Constantinopla por designio inescrutable de Dios entre los añ os 542 y 544 la peste habí a arrebatado a 300. 000 personas. n

En medio de tan sombrí os sentimientos, visiones y realidades de decadencia mundana (no só lo cundí a la peste, tambié n los templos an-


 

tiguos eran arrasados e incluso los graneros pontificios y las iglesias), Gregorio, a quien se le ha llamado «el ú ltimo romano» y «el primer papa medieval», se abrí a sorprendentemente carrera sabiendo bien lo que querí a. Igual que muchos santos padres, ascendió segú n parece de la má s pura modestia y el desprecio moná stico del mundo al puesto cimero de la Iglesia. De hecho, sin embargo, en aquel Estado, como prefecto bizantino de Roma, no tení a posibilidades de ascenso, de haberse interesado «menos por el seguimiento de Cristo que por el de los Cé sares romanos» (Misen). O, como decí a ya Gregorovius; «La meta suprema, que hací a guiñ os al descendiente de los Anicios, ú nicamente podí a ser el trono de obispo».

En consecuencia Gregorio, uno de los hombres má s acaudalados de Roma, utilizó su hacienda en la fundació n de seis «monasterio» en sus posesiones de Italia y Sicilia. Su propio palacio del Caelius (el lujoso Monte Celio) lo transformó hacia 575 en un «monasterio de San André s» (má s tarde desaparecido sin dejar huella), para retirarse del mundo y servir al Señ or de todo corazó n; y escapó —como é l «equivocado ciertamente» suponí a— «despojado y desnudo al naufragio de esta vida». Allí ayunó e hizo largas vigilias el varó n que, en medio de las catá strofes de inundaciones y pestes, en la sombrí a maní a penitencial aguardaba el inminente fin del mundo (aunque ensalza «el magní fico descanso» de que «gozaba» en el monasterio), segú n parece hasta caer en el desfallecimiento y sufrir calambres de estó mago o —segú n informa un diá cono franco, que estuvo presente en la elecció n del papa— «con el estó mago tan debilitado que apenas podí a ponerse en pie». Gregorio se mortificó «hasta sufrir de corazó n» y tener graves dolencias, que é l, por ejemplo, «aceptaba para librar al emperador Trajano del purgatorio» (Keller).

En 579 aquel hombre nada ambicioso fue elegido uno de los siete diá conos de Roma (altos administradores, a cuyo cargo estaban las siete regiones eclesiá sticas en que se dividí a la ciudad) y el mismo añ o era nombrado apokrisiar romano (encargado de negocios) en la corte imperial de Constantinopla; un cargo que el emperador Justiniano fue el primero en institucionalizar con notables facultades, equiparable a los nuncios papales de la Edad Media. En Bizancio, donde Gregorio actuó entre los añ os 579 y 585 (no sin la compañ í a constante de sus má s leales del monasterio de San André s), hubo de empezar por ganarse el favor del emperador Tiberios II y (desde 582) el del emperador Maurikios y por conseguir el objetivo supremo de la legació n: la ayuda militar y el dinero a la mayor brevedad posible para combatir a los longobardos.

Habiendo visto el papa Pelagio, como escribió Gregorio, «en qué tribulació n caerí amos, siendo entregados a la destrucció n, si Dios no


tocaba el corazó n del piadosí simo emperador para compadecerse de sus siervos», clamó por la ayuda militar contra «el pueblo má s impí o», segú n la expresió n del propio Pelagio. ¡ Porque quien combate contra el papa es siempre un impí o!

De ahí que el apokrisiar contactase tambié n con los generales Nar-sé s y Prisco, y entabló amistad —cosa habitual entre los sacerdotes— con las mujeres má s influyentes, con la emperatriz Constantina, la princesa Teoktista y la hermana de Maurikios y alcanzó el punto culminante de su brillante actuació n cuando sacó de pila al hijo mayor del Cé sar (cosa que merece atenció n especial).

En 590 ascendió al trono pontificio, no obstante sus achaques y, naturalmente, en contra de su voluntad. Eso no só lo era algo que por entonces pertenecí a al buen gusto, formaba parte de la etiqueta y hasta el siglo xx ha sido parte de la hipocresí a clerical. En su tiempo, sin embargo, eran tan apetecidos hasta los cargos eclesiá sticos má s humildes, que el emperador Maurikios prohibió en 592 (¿ o en 593? ) el que los soldados entrasen en monasterio y que los funcionarios civiles abrazasen el estado clerical. Y Gregorio sabí a muy bien que «alguien que se despoja de la vestimenta mundana para ocupar inmediatamente un cargo eclesiá stico, solamente cambia de lugar, pero no abandona el mundo».

¿ Pensaba tal vez en sí mismo? ¡ Oh, no! É l incluso lo habí a rehuido como en tiempos el doctor de la Iglesia Ambrosio y habí a rogado insistentemente al emperador Maurikios por carta que no lo elevase «a semejante honor y poder». Pero la carta, por suerte o desgracia, fue interceptada y destruida por Palatino, hermano de Gregorio, y sustituida por otra, que de inmediato obtuvo el asentimiento imperial. De ese modo —y la observació n es de Haller— precisamente el «hermano de Gregorio, que era subprefecto de la ciudad, tuvo una participació n esencial» en aquella elecció n del papa.

Pero Gregorio hace amables reproches al patriarca de Constantino-pí a por no haber impedido su elecció n y la carga consiguiente, se declara frente a é l hombre indigno y enfermo; pero pronto arremete ené rgicamente contra el patriarca. 12

 

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