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¿Justo y comprensivo con los judíos?




 

Hasta el dí a de hoy se viene considerando al papa Gregorio I como el gran protector de los judí os, que ya entonces se encontraban por todo el imperio, desde Á frica hasta Hispania y Galia, sobre todo como mercaderes aunque tambié n como campesinos. «Los judí os encontraron en Gregorio un fiador de sus derechos, que durante siglos tuvieron garantizados por parte de los papas» (Kü hner). Para el teó logo cató lico Stratmann el papa Gregorio fue en efecto no tan só lo justo, sino tambié n «comprensivo» con los judí os. 42

Cierto que Gregorio no querí a «que los judí os fuesen sometidos contra su voluntad ni atormentados»; y el acento deberí a cargar sobre «contra su voluntad». Y cierto tambié n que Gregorio otorgó a los judí os —y de nuevo son palabras suyas— la «libertad de acció n, garantizada por la ley romana». Pero esa ley tení a muchas y graves desventajas para los judí os. Desventajas que se vieron agravadas. No podí an construir nuevas sinagogas. No podí an convertir al judaí smo a los no judí os ni casarse con no judí os. No podí an heredar nada, ni ocupar cargo alguno, ya fuese militar o civil. No podí an tampoco tener esclavos cristianos ni traficar con los mismos, cosa que por supuesto estaba permitida a los cristianos. Todo esto lo encontraba perfectamente justo el «gran» Gregorio, que en modo alguno consideraba al judaí smo como una religió n, sino má s bien como una «superstició n» (superstitio}

En contra de los esclavos cristianos el papa no tení a nada, absolutamente nada. Antes bien, é l mismo los tení a a montones. Pero le irritaba el que los esclavos cristianos estuviesen al servicio de los judí os. Encon-


 

traba «pernicioso y abominable por completo para cristianos el que sirvieran como esclavos en casas judí as». Y exigí a proceder judicialmente de inmediato y con rigor contra los judí os que hubieran convertido a esclavos cristianos a su religió n. Y, naturalmente, tales esclavos tení an que ser manumitidos. Lo mismo ocurrí a con esclavos judí os o paganos al servicio de casas judí as, que quisieran convertirse al cristianismo, en el caso de que dichos esclavos no hubiesen sido vendidos a cristianos dentro del ú ltimo trimestre. 44

Cierto tambié n que el papa Gregorio ofreció incluso a los judí os ciertas ventajas econó micas. Llegó hasta el soborno para que se dejasen bautizar. Su ofrecimiento iba desde las vestiduras bautismales gratis hasta la concesió n de una renta. Uno de cada tres judí os de los que se convertí an al catolicismo en Roma só lo debí a pagar dos tercios de su alquiler. Esto no dejaba de ser un asunto importante para un avezado especialista en las finanzas y la administració n (y apó stol del fin calamitoso del mundo). Tambié n a los cató licos les facilitó mediante una renta su conversió n del cisma de los Tres Capí tulos. Puede que el dinero atrajese a los judí os má s que Cristo, pero el santo padre se ganaba a sus hijos y a los hijos de sus hijos y así sucesivamente, por lo que escribió: «Cualquier rebaja del alquiler por causa de Cristo no ha de considerarse como una pé rdida». Consecuentemente tambié n rebajó a los judí os convertidos las gabelas en la transmisió n de herencias.

Pero aparte esa «ayuda al desarrollo» papal, Gregorio fue uno de los precursores de la polí tica antijudí a en Occidente. Cierto que rechazó tajantemente cualquier persecució n contra los judí os, se opuso a la conversió n por la fuerza de los mismos en Italia meridional y a la ocupació n de una sinagoga por los cató licos en Cerdeñ a. Aun así consideró un propó sito loable el bautismo forzoso y propagó expresamente la «conversió n» de los judí os. Tambié n les prohibió severamente la construcció n y aun la simple ampliació n de sinagogas; les prohibió cualquier actividad misionera y, en no menos de una decena de cartas, el que mantuvieran esclavos cristianos. A su enviado especial en Cerdeñ a, el notario Juan, le ordenó que cesase de devolver los esclavos huidos a sus dueñ os judí os. Y desde luego Gregorio impidió a los judí os la mí nima influencia en la vida pú blica de los cristianos. 45

Segú n una frase de este papa, ningú n cristiano debí a ser esclavo y ni siquiera criado de los judí os, que habí an rechazado y matado a Cristo. Tambié n ordenó en cierta ocasió n (591) a un judí o, que «en virtud de una ley» devolviese los cá lices, candelabros y palios que habí a comprado. Y llevó a mal el que un obispo hubiese comprado una piel a unos mercaderes judí os. Personalmente parece que nunca habló con ellos y les obligó a que expusieran sus mercancí as fuera del «porticus», a fin de evitar hasta la apariencia de trá fico. Finalmente, sabemos que el preten-


 

dido protector de los judí os alabó especialmente al rey españ ol Recaredo, por haber resistido a todas las tentativas de que los judí os retirasen una ley antijudí a promulgada por é l. 46

 

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