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Los nobles ancestros y el terror del Rin




Constantino, nacido en Nissus (Nich), en los alrededores de la actual
Sofí a, empezó por falsificar su genealogí a, la religió n de su padre y su
propio origen.

Constancio I Cloro empezó su carrera como protector, es decir, guar-
daespaldas imperial; despué s, fue promovido a tribuno militar, prefecto
de los pretorianos, cesar en 293 y emperador de Occidente en 305. Era
pagano, aunque presumiblemente no muy faná tico. Pero, má s tarde,
Constantino quiso que pasara por cristiano y «muy atento a la palabra
de Dios» (Eusebio). La verdad es que Constancio, a diferencia de sus
coprí ncipes, hizo la vista gorda en relació n con los decretos de Diocle-
ciano, lo que no quita que (aunque, segú n Eusebio, «no participó de
ningú n modo en la guerra contra nosotros») expulsase a los cristianos
del ejé rcito; por su parte era, devoto del culto a Marte, dios de la guerra
al fin y al cabo y segundo de la trinidad Jú piter-Marte-Quirino. El pro-
pio Lactancio reconoce que Constancio destruyó iglesias; de las Gallas,
que formaban parte de su jurisdicció n, tenemos incluso actas de má rti-
res en su é poca, aunque eso naturalmente no demuestra gran cosa.

Si la religió n de su padre era un poco oprobiosa para Constantino,
algo parecido le sucedí a tambié n con su á rbol genealó gico. Constancio
era un ilirio de baja extracció n. Otros emperadores paganos tuvieron a
orgullo el ser de origen humilde. Vespasiano, por ejemplo, al que apo-
daban «mulio» (tratante de muí as), «de orí genes oscuros y sin nobleza
alguna entre sus antepasados» (Suetonio), visitaba con frecuencia su al-
dea, no hizo reformar la casa natal, y durante toda su vida usó para be-
ber en fiestas y ceremonias un cubilete de plata que habí a pertenecido a
su abuela Tertulia. En cambio, Constantino pretendí a que su padre era
descendiente del emperador Claudio II Gothicus, es decir, el famoso
debelador de los godos; con ello llamaba usurpadores a sus corregentes,
segú n consta en las monedas de la é poca a partir de 314, para legitimar
su propia dictadura. Eusebio, el historiador eclesiá stico, le alaba su
«rancio abolengo». Y la madre de Constantino, santa Elena, supuesta
princesa britá nica, habí a sido pagana y tabernera {stabularid) en los Bal-
canes. Con esta santa vivió en concubinato Constancio Cloro antes de
su primer matrimonio (con la emperatriz Teodora), y luego en una si-


 

tuació n de bigamia. La aristocracia grecorromana llamaba a Constan-
tino «el hijo de la concubina»; Ambrosio, doctor de la Iglesia, incluso
dejó escrito que Jesucristo la habí a elevado «del fango al trono». (Pero
en 326, cuando ella emprendió una «peregrinació n» a «Tierra Santa» y
el obispo Eustatio de Antioquí a se atrevió a decirle algo semejante cara
a cara, Constantino lo envió al exilio, de donde no regresó jamá s. ) Las
familias gentiles má s notables despreciaban a Elena por sus orí genes,
y la futura santa, «intrigante, autoritaria y totalmente desprovista de
escrú pulos», hizo cuanto pudo por alejar a Teodora de Constancio
con la colaboració n de los cristianos y la desterró a unas dependencias
del palacio con su familia; todo ello para asegurar la sucesió n a su pro-
pio hijo. 7

Diga lo que diga la propaganda cristiana, Constantino fue extraordi-
nariamente belicoso y si la empresa prometí a é xito, no retrocedí a ante
ninguna clase de crí menes o de crueldades. Ya su padre, cuando residí a
en Augusta Treverorum (Tré veris) en su condició n de má s occidental de
los corregentes de Diocleciano —por cierto, ocupaba con su palacio
toda la parte nororiental de la que fue gran metró poli de su é poca—,
mantuvo una actividad guerrera casi constante. Segú n se cuenta, miles
de francos fueron muertos, prisioneros, deportados o esclavizados por
é l, aunque todaví a en pleno siglo XX el bando cató lico quiera mantener
que fue un «soberano benigno y justo» (Bihimeyer). Y aunque fuese
«durante toda su vida», segú n asegura Eusebio, «clemente y misericor-
dioso», «extremadamente bondadoso y cordial con todos», el caso es
que disputó grandes batallas en el frente del Rin, emprendió expedicio-
nes contra pictos y escotos, y venció varias veces, entre los añ os 293 y 297,
a los usurpadores Carausio y Alecto, arrebatá ndoles las islas britá nicas.
Tambié n su hijo Constantino, que permaneció largos añ os retenido casi
a manera de rehé n en la corte de Diocleciano, acompañ aba a é ste du-
rante sus numerosas campañ as por Egipto, a Galerio contra los persas
y los sá rmatas, y destacaba personalmente en combates cuerpo a cuer-
po contra «bá rbaros» y fieras..., no siempre con cará cter de volunta-
rio, imaginamos, pero «la mano de Dios protegió al joven guerrero»
(Lactancio). 8

El 25 de julio de 306, cuando falleció Constancio I Cloro en Ebora-
cum, la actual York (Inglaterra), despué s de una victoria sobre los pic-
tos, las tropas nombraron sin demora emperador al joven Constantino.
Pero Galerio, que tá ctica y formalmente quedaba como primer Augusto
dentro del sistema de la tetrarquí a, só lo quiso reconocer a Constantino
como cesar. Aquella proclamació n habí a sido un acto ilegal que rompí a
el orden de la segunda tetrarquí a y suponí a graves amenazas; delibera-
das, indudablemente, pues como nos informa el obispo Eusebio, «Dios
mismo. Rey de reyes, lo tení a decidido desde mucho antes». Por algo
Constantino se impuso como «primera y principal ocupació n —segú n el
padre Lactancio— la de restablecer a los cristianos en el ejercicio de sus
prá cticas religiosas. El restablecimiento de la santa religió n fue el pri-


 

mero de sus decretos». Una vez se vio dueñ o de la Britania y la Galia, en
el añ o 310 emprendió el saqueo de Españ a, es de suponer que para pri-
var a Roma del aprovisionamiento de los cereales ibé ricos, e indisponer
contra Majencio a la població n hambrienta. Pero lo que má s cultivó
Constantino fueron las guerras fronterizas, que le convirtieron en el es-
panto de todo el Rin. Y eso que segú n Eusebio era, como su padre, «de
naturaleza bondadosa, benigna y filantró pica como nadie», razó n por la
cual «Dios puso a sus pies las má s diversas tribus de bá rbaros». Su polí ti-
ca exterior «desde el principio se caracterizó por su agresividad, pues
conducí a las campañ as en contragolpes y profundas penetraciones por
territorio enemigo» (Stallknecht). En 306 y 310 diezmó a los brú cteros,
robó sus ganados, incendió sus aldeas y lanzó a los prisioneros al circo
para que fuesen pasto de las fieras. «Tambié n a los brú cteros atacaste de
improviso y fue incontable el nú mero de los muertos», celebra un cro-
nista oficial en Tré veris, residencia oficial del emperador desde 293.
«De los hombres prisioneros, los que no valí an para soldados por no ser
de fiar, ni para esclavos por demasiado fieros, echó todos al circo y fue-
ron tantos, que fatigaron hasta a las bestias salvajes», algo que incluso
en aquellos tiempos no era frecuente e inspiraba pavor. El joven empe-
rador ahogó en sangre cualquier conato de rebelió n; en 311 y 313 aplas-
tó a los alamanos, ya muy castigados por su padre, así como a los fran-
cos, cuyos reyes Ascarico y Merogaisio fueron destrozados por osos
hambrientos, para edificació n general. (Los francos idó latras respeta-
ban la vida de los prisioneros de guerra, y el rey de los alamanos, Eroco,
habí a apoyado desde Eboracum la proclamació n de Constantino como
emperador. )9

Pero Constantino, despué s de arrojar a la arena a sus ví ctimas (de
los 71 anfiteatros conocidos de la Antigü edad, el de Tré veris era el dé ci-
mo en importancia, con 20. 000 asientos) y viendo la aceptació n del es-
pectá culo, decidió convertirlo en institució n permanente. Así los «jue-
gos francos», a celebrar todos los añ os entre el 14 y el 20 de julio, pasa-
ban a ser el punto culminante de la temporada (aunque es posible que
los reyes «francos» Ascarico y Merogaisio fuesen brú cteros o tubantes,
en realidad). 10

Mientras el joven soberano amenizaba de ese modo la vida de los
habitantes de Tré veris, habí a en el Imperio romano otros tres empera-
dores: Majencio en Occidente, que tení a autoridad sobre Italia y Á fri-
ca; Maximino Daia en Oriente, cuyo territorio comprendí a la parte no
europea del imperio (todas las provincias al sur de la cordillera del Tau-
ro, y ademá s Egipto), así como Licinio, dueñ o de las regiones danubia-
nas (Panonia y Retí a). Eso de que hubiese tantos emperadores, a Cons-
tantino le parecí a intolerable, y se propuso desmontar el sistema de la
tetrarquí a, instituido por Diocleciano para consolidar aquel gigantesco
imperio. Inició la destrucció n del «orden» establecido mediante una
campañ a bé lica tras otra, eliminando sucesivamente a sus rivales y esta-
bleciendo una vinculació n cada vez má s fuerte entre el imperio y la Igle-


 

sia cristiana. Tal «revolució n» constantiniana ciertamente fue un punto
decisivo en la historia del cristianismo, y tambié n produjo el encumbra-
miento de una nueva clase dominante, el clero cristiano, aunque mante-
niendo las antiguas relaciones basadas en la guerra y la explotació n. A
eso se le ha llamado «el comienzo de la era metafí sica mundial» (Thiess). 11

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