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Constantino como salvador, libertador y vicario de Dios




Sin embargo, es evidente que Constantino, homo politicus al fin y al
cabo, tendrí a sus motivos para dispensar tantos honores, favores y ri-
quezas. Al contrario que el pueblo ingenuo, los que mandan nunca dan
nada «por el amor de Dios». No existiendo en aquella é poca librepensa-
dores —segú n la opinió n autorizada—, poco nos importa saber si el em-
perador, que durante algú n tiempo y antes de manifestarse como cristia-
no fomentó con má s asiduidad que ninguno de sus predecesores el culto
al sol, fue en realidad un creyente sincero y hasta qué punto. Cuando
era soberano en las Galias, donde los cristianos eran relativamente poco
numerosos, apenas hizo ningú n caso de ellos. Só lo cambió cuando pasó
a reinar sobre Italia y el norte de Á frica, donde aqué llos abundaban
má s, y no digamos despué s de conquistar las provincias orientales, casi
totalmente cristianizadas. El hecho decisivo es que Constantino, hom-
bre del «cambio», «revolucionario», pasó y pasa por haber sido cristiano
y má s aú n, ejemplo magní fico de prí ncipe cristiano ideal. En este senti-
do, nos importan sobre todo las consecuencias de su polí tica, «conduci-
da en nombre del cristianismo y con plena colaboració n por parte de
é ste», consecuencias que a travé s de merovingios, carolingios, Otones y
el sacro Imperio romano germá nico han empapado toda la cultura euro-
pea y se han prolongado hasta nuestros dí as. Rudolf Hernegger dice no
conocer ningú n otro personaje histó rico «cuya influencia haya permane-
cido tan invariable a lo largo de diecisiete siglos», y subraya, a nuestro
entender con razó n, que «desde hace mil setecientos añ os ha merecido
la Iglesia el epí teto de " constantiniana" ». 57

Constantino, un gran viajero desde su primera juventud, y muy bien
informado en materia de polí tica religiosa, pudo contar con los cuadros
dirigentes de la Catholica, la organizació n má s só lida y má s fuertemente
disciplinada de la é poca. En esta organizació n quizá verí a un modelo
ú til para la que pensaba imprimir a su propio imperio, de manera que la
conversió n del emperador seguramente obedecerí a má s a mó viles polí -
ticos que religiosos, cosa que en aquellos tiempos no suponí a ninguna
distinció n estricta, y tal vez se debí a mucho a «consideraciones milita-
res» (Chadwick). -


 

Los antecesores de Constantino temieron a los cristianos y algunos
de ellos los combatieron. En cambio, é l los favoreció y así los ganó para
su causa, hasta el punto que se llamaba a sí mismo «obispo para asuntos
exteriores» {episkopos ton ektó s) de la Iglesia, o como ironizaba Gré goi-
re, «el gendarme de la Iglesia». En efecto, puso el clero a su servicio y le
impuso su voluntad. «Pronto dominó al episcopado lo mismo que a su
funcionario y exigió obediencia incondicional a los decretos pú blicos,
aun cuando é stos interviniesen en los asuntos internos de la Iglesia»
(Franzen, cató lico). La Iglesia ganaba influencia pero perdí a indepen-
dencia, y esto empezaron a verlo algunos ya durante el siglo iv; pasaba a
ser parte del imperio, en vez de ser é ste una parte de la Iglesia. Los obis-
pos debí an gratitud al emperador, su protector, que tanto los habí a fa-
vorecido. Y le obedecí an; é l era el amo, convocaba concilios e incluso
decidí a en cuestiones de fe, por confusa que fuese su propia cristologí a
(pero... ¿ cuá l no lo es? ), imponiendo fó rmulas, que é l y sus sucesores
obligaron a respetar. É l y ellos hicieron la Iglesia del Estado, «en donde
la palabra del emperador, sin llegar a ser mandamiento má ximo, tení a
sin embargo un peso decisivo y no só lo en cuestiones de orden externo,
sino tambié n en temas de doctrina» (Aland). Y aunque Constantino,
cuando vení an mal dadas, siguiera consultando las señ ales del cielo y las
visceras de los animales, sin embargo hizo cristianizar a toda su familia y
acabó por recibir tambié n el bautismo, hacié ndose llamar salvador de-
signado por Dios, enviado del Señ or y hombre de Dios. Declaró que le
debí a todo cuanto era y habí a alcanzado «al Dios má s grande», ordenó
que se le rindieran honores como «representante de Cristo» {vicarios
ChristÍ )
y que le enterrasen como «decimotercer Apó stol». 58

Cierto que hubo de renunciar al tí tulo de divus que habí an ostentado
Diocleciano y sus corregentes. Este tí tulo, tradicional entre los empera-
dores romanos, significaba una categorí a de «divinidad» algo inferior a
los dioses del Olimpo, pero cercana a é stos de todas maneras y con pre-
tensiones de recibir culto, de tal manera que el emperador era sacer y
sanctus. Paganos y cristianos debí an saludarle con la genuflexió n, de la
que tal vez só lo estaban dispensados los obispos. Y tambié n era sagrada
cualquier cosa que é l hubiese tocado. (Sanctus y sanctitas, nociones bien
habituales del paganismo, fueron predicados de la dignidad imperial. )

El punto central de la nueva capital de Constantino, que recibió su
nombre, era la corte, de lujo exagerado a la manera oriental, construida
«iubente Deo», es decir, por orden divina, sobre un terreno cuatro veces
má s extenso que la antigua Bizancio y con ayuda de cuarenta mil opera-
rios godos. Con la fundació n de esta «nueva Roma», la antigua capital
del imperio quedaba definitivamente relegada a un segundo puesto; se
reforzaba la influencia del Oriente heleno y se agudizaban los conflictos
entre la Iglesia oriental y la occidental. Constantino, por su parte, supe-
ró a los antiguos emperadores cuando denominó a su palacio, prototipo
de la basí lica primitiva y «casa del rey», no «campamento» (castra)
como aqué llos, sino templo (domus divina), a imagen y semejanza de la


 

sala del trono celestial. Y mucho antes que los papas, se hizo llamar vi-
cario de Cristo y má s que obispo, nostrum numen, «nuestra divinidad»,
junto con el predicado de «sacratissimus», que luego ostentaron los em-
peradores cristianos durante varios siglos e incluso algunos obispos. Re-
lacionado con ello, la casa privada del soberano, sacrum cubiculum, ad-
quirí a «mayor relevancia» (Ostrogorsky), al igual que todo lo tocante a
su persona; la sala del trono tení a forma de basí lica, como si fuese un
santuario, y se creó un ceremonial de recio sabor eclesiá stico, que má s
tarde los emperadores bizantinos intensificaron, si cabe. 59

En estas é pocas en que incluso ciertos individuos particulares adqui-
rí an categorí a de semidioses, al emperador se le reconocí a naturaleza
(casi) divina, como lo indica la ceremonia de la «proskynesis»: los que
comparecí an a su presencia se arrojaban al suelo, de cara a tierra. Estas
modas fueron introducidas por los emperadores paganos desde antes de
Neró n, que ostentó los tí tulos de caesar, divus y soler, o sea, emperador,
dios y salvador; Augusto se hizo llamar mesí as, salvador e hijo de Dios,
lo mismo que Cé sar y Octaviano, libertadores del mundo. Este culto al
soberano ejerció una profunda influencia que se refleja en el Nuevo
Testamento, con la divinizació n de la figura de Cristo. La Iglesia prohi-
bí a rendir culto al emperador, pero asumió todos los ritos del mismo,
incluyendo la genuflexió n y la adoració n de las imá genes; recordemos
que la figura laureada del emperador recibí a culto popular con cirios e
incienso. 60

Claro está que estas demostraciones de culto no iban ya dirigidas al
emperador, sino a Dios, a quien se adoraba en la figura de aqué l, truco
teoló gico mediante el cual, si bien se subrayaba verbalmente el aspecto
devocional en las apologí as, en la prá ctica significó que se mantení an las
mismas costumbres de antes (en Bizancio, hasta el siglo xv). Y tambié n
los monarcas cristianos imitaron el ceremonial cortesano y los cultos del
imperio de Oriente. Recibieron culto religioso y trato de divinidad aun-
que, siguiendo la inspiració n constantiniana, no directamente dirigidos
a su persona, sino en calidad de representantes de Dios en la tierra, ya
que a travé s de ellos habla y actú a la voluntad divina. El emperador, y
este punto es de importancia fundamental, actú a por encargo de Dios,
como si dijé ramos, y por tanto no se somete a ninguna crí tica ni rinde
cuentas a nadie. Su voluntad es ley, su Estado es «el Imperio de la arbi-
trariedad»; la constitució n es una autocracia al estilo oriental, y la juris-
prudencia deja de existir lo mismo que las antiguas diputaciones de las
provincias. No hay ciudadanos, sino subditos, para no hablar de dere-
chos humanos de ninguna especie. La razó n siempre está de parte del
emperador, del Estado, y ya la Iglesia antigua se encargó de corroborar
este extremo desde el punto de vista teoló gico, con notable unanimidad.
De tal manera que, en la mentalidad de los cristianos bizantinos, todo el
imperio se convierte en un corpus politicum mysticum, y el propio Cons-
tantino, a su muerte, es proclamado divus oficialmente. Las monedas
acuñ adas en las cecas de sus hijos cristianos nos lo presentan subiendo a


 

los cielos, lo mismo que se hizo con su padre. Delante de sus estatuas
colocan lá mparas y cirios y se ora para solicitar la curació n de enferme-
dades. En el hipó dromo tení a una estatua de cuerpo entero, llevando en
la mano el cetro dorado de la ciudad; el regente de tumo y la població n
entera debí an saludarla, puestos en pie, con una reverencia. 61

Tan pronto como se vio soberano ú nico, Constantino aumentó la pom-
pa de su residencia; las obras empezaron inmediatamente despué s de la
victoria sobre Licinio (324). Tomó prestado del ceremonial cortesano de
los persas y los indios. Ante el ejé rcito se presentaba revestido de una cora-
za de oro con piedras preciosas; ante el Senado, en ropa de gala y cubierto
de joyas. A sus vestidos se les reservaba la seda pú rpura, a sus imá genes el
má rmol de Egipto. En las audiencias, só lo é l podí a estar de pie, en medio
de un cí rculo de pó rfido exclusivo. Inventó nuevos y sonoros tí tulos para
sus dignatarios; en fin, la vida cortesana se hizo cada vez má s fastuosa. 62

Al mismo tiempo, Constantino creó en su palacio, tan suntuoso, una
comunidad cristiana a la que reuní a para contemplaciones bí blicas y ora-
ciones comunes. Por otro lado, se dice de é l mismo que rezaba a Dios,
que solí a entrar en una tienda dispuesta para oraciones antes de una ba-
talla y que incluso pronunciaba discursos teoló gicos sobre cuestiones
fundamentales de la fe. 63

En estos momentos, los obispos y padres de la Iglesia veí an en é l un
carisma especial, lo comparaban con Abraham y Moisé s, elogiaban su
«religiosidad», le llamaban «caudillo amado de Dios» y «obispo de to-
dos, nombrado por Dios» {koinó s episkopos), «el ú nico de todos los em-
peradores romanos que ha sido amigo de Dios», y sin que nadie los con-
tradijera, «salvador» y «libertador». Dijeron que era «un ejemplo de vida
en el temor de Dios, que ilumina a toda la humanidad», e hicieron de é l
un prototipo de prí ncipe cristiano. Estas fó rmulas seguirí an influyendo
en la posteridad, incluso hasta la é poca moderna, a travé s de la trilogí a
Dios-Cristo-Emperador (gozando la forma moná rquica de gobierno má s
alta consideració n que ninguna otra). No es la historiografí a profana,
sino la eclesiá stica, quien le ha dado el sobrenombre de «el Grande», y
«con plena justificació n» por cierto, segú n el cató lico Ehrhard. En la In-
glaterra medieval se alzaban todaví a capillas con su nombre. Y en pleno
siglo xx se quiere ver en su figura, todaví a, «una actitud de firme fe cris-
tiana», «celo misionero» (el cató lico Baus), «una profundizació n gra-
dual en el espí ritu del cristianismo y una afició n cada vez mayor a la reli-
giosidad» (el cató lico Bihimeyer); se le celebra todaví a como «ejemplo
luminoso [... ] de la cristiandad», «princeps christianus» (el cató lico
Stockmeier), «cristiano segú n el corazó n y no só lo por gestos externos»
(el protestante Aland). La Iglesia oriental le tiene como «decimotercer
apó stol»; a é l y a su madre los cuenta entre los santos, y muchas iglesias
griegas tienen su imagen y celebran con gran pompa su festividad el 21 de
mayo. Así, Constantino, «el má s religioso de todos los emperadores»
(religiosissimus Augustas) se convirtió «en figura ideal, no só lc? de un em-
perador cristiano, sino del prí ncipe cristiano por antonomasia» (Ló we). 64


 

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