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La primera dinastía cristiana fundada sobre el exterminio familiar




La primera dinastí a cristiana fundada sobre el exterminio familiar

 

 La realidad es que el ejemplo del imperial padre hizo mucha escuela.
Apenas hubo fallecido é ste, Constancio II, que se consideraba un envia-
do de Dios y «obispo de obispos», y alguna vez practicó incluso la conti-
nencia sexual, inició en agosto de 337 el exterminio de casi todos los
miembros masculinos de la casa imperial en Constantinopla: su tí o Dal-
macio, medio hermano de Constantino, que habí a vivido muchos añ os
rodeado de espí as, y el padre del emperador Juliano, Julio Constancio,
muy odiado por la emperatriz santa Elena, amé n de seis primos y otras
personalidades cortesanas mal vistas. Entre é stas, el casi omnipotente
Ablabio, prefecto de los pretorianos, cuya hija Olimpia fue prometida
de niñ a a Constante. (Má s tarde, Constancio la casó con el rey de los ar-
menios, Arsaces III, y murió por obra de la anterior esposa del sobera-
no, con la complicidad de un sacerdote que mezcló veneno en el vino de
misa. ) La misericordia cristiana só lo respetó a Juliano, que tení a cinco
añ os (serí a asesinado durante una campañ a contra los persas); su her-


manastro Gallo tambié n se salvó porque se hallaba tan enfermo que pa-
recí a perdido de todas maneras (morirí a en Istria el añ o 354). Constan-
cio era cristiano, tambié n lo era la mayorí a de sus obedientes sicarios,
soldados de su guardia; Juliano dedujo de todo ello que «no hay fiera
tan peligrosa para el hombre como lo son los cristianos para sus compa-
ñ eros de fe». Y así como ningú n hombre de la Iglesia habí a criticado los
asesinatos de parientes perpetrados por Constantino, tampoco nadie
censuró los del devoto Constancio, «uno de ios prí ncipes cristianos má s
notorios del siglo» (Aland). Eusebio alude a la «inspiració n de má s arri-
ba» para justificar la carnicerí a. En Constancio se podí a contemplar a
un Constantino redivivo, escribió el obispo, y no se equivocaba. Los
elogios dedicados al mú ltiple parricida y belicoso Constancio son casi
tan ditirá mbicos como los que merece el caudillo militar y exterminador
de parientes Constantino. 5

Paradigma de la crueldad segú n Amiano, Constancio no tardó en
mandar recado al obispo Eusebio de Nicomedia, el preceptor de Julia-
no, de que no le hablase jamá s de los destinos de la familia. Y seis añ os
despué s, hallá ndose Juliano y Gallo presos en Macellum, una siniestra
fortaleza escondida entre montañ as —«sin que se autorizase a nadie
acercarse a nosotros, sin estudios dignos de tal nombre, sin conversacio-
nes, aunque eso sí, rodeados de un esplé ndido servicio... », recuerda Ju-
liano—, un agente secreto del emperador le sugirió a Gallo, el primo-
gé nito, que Constancio no era culpable de la muerte de su padre, y que
el exterminio de su familia habí a sido un acto incontrolado de la solda-
desca. 6

Primeras guerras entre cristianos devotos

Despué s de la matanza, los hijos de Constantino se repartieron el
botí n. El mayor, Constantino II (337-340) se quedó con las provincias
occidentales, la Galia, Hí spanla, Britania, y estableció su residencia en
Tré veris; el benjamí n, Constante, las centrales, Italia, Á frica y Grecia,
con su capital en Sirmium (la actual Mitrovicz, en Servia). Constancio II
(337-361), que los sobrevivió y heredó a todos, se adjudicó Oriente y re-
sidió en Antioquí a hasta el 350..., cuando no estaba en campañ a.

Pronto estalló la guerra entre el mayor y el benjamí n por una cues-
tió n de deslindamiento de fronteras. A principios de 340, Constanti-
no II salió de la Galia e invadió por sorpresa Italia, pero cayó en una
emboscada cerca de Aquileia, mientras intentaba forzar un paso alpino.
Los generales de Constante le dieron muerte y arrojaron su cadá ver al
rí o Aisa. En aquellos momentos Constancio II, como veremos en el
apartado siguiente, estaba muy ocupado con las querellas entre cristia-
nos y sobre todo con las incursiones de los persas en Oriente, de manera
que Constante pudo quedarse con las provincias occidentales sin discu-
sió n alguna. 7


Aquel adolescente de diecisiete añ os, dueñ o de las dos terceras par-
tes del inmenso imperio, era el ú nico bautizado de entre los hijos de
Constantino y habí a sido educado en la castidad, la má xima virtud cris-
tiana, como sabemos. De hecho, rehuí a a las mujeres pero solí a gozar
de la compañ í a de rubios efebos germanos, rehenes o esclavos, con los
que salí a a cazar por remotos bosques solitarios, mientras se declaraba
pú blicamente enemigo de la pederastí a. Tambié n fue enemigo de fran-
cos y alamanos, acaudilló campañ as en la Panonia y en Britania, llenó
de exvotos las iglesias cató licas y no se mostró tacañ o con los prelados
que le rodeaban para mendigar sus favores. Saqueó el imperium todaví a
má s que su padre; su incesante sed de dinero le indujo a la venta de los
cargos pú blicos, ademá s de abrumar a la població n con impuestos, lo cual
desencadenó una inflació n monetaria que, como de costumbre, perjudi-
caba sobre todo a los pobres. Y mientras crecí a su impopularidad a con-
secuencia de esta polí tica financiera, así como por las rigurosas medidas
disciplinarias que implantó en el ejé rcito y por su cará cter altanero y
desdeñ oso, procuraba ganar para la causa cató lica a su hermano Cons-
tancio, que simpatizaba má s bien con los arrí anos, utilizando a veces las
amenazas como argumento. 8

Dentro de los dominios de Constante, se producen en Roma las pri-
meras destrucciones de templos, esporá dicas al principio, así como una
renovada persecució n contra los donatistas. Como no se dejaban corrom-
per por los dineros del emperador, que el anciano Donato habí a recha-
zado con brusquedad, Constante decidió expropiar a los clé rigos insu-
misos y, mediante la fuerza de las armas, entregó las iglesias donatistas a
los cató licos. En 347 se produjo el sangriento aplastamiento de la insu-
rrecció n de Bagai, donde fue asesinado el ordinario, otro Donato y el
obispo Má rculo, santo principal de los donatistas. Otros fueron atados a
columnas y azotados por orden de Macario, el comisario imperial, ala-
bado por los cató licos como «abogado de la santa causa». Se empezó a
hablar de «la persecució n macariana»; algunos donatistas murieron tor-
turados en las cá rceles. Muchos huyeron y otros fueron desterrados. El
mismo Donato murió, al parecer en el naufragio de la nave donde viaja-
ba deportado. Los bienes de los exiliados fueron confiscados. En Numi-
dia, los pogromos alcanzaron grandes proporciones y no cesaron hasta
el añ o 362, en que se quebró la oposició n y los cató licos que habí an lla-
mado a las tropas imperiales pudieron alabar de nuevo a Dios por la uni-
dad recobrada. 9

Mientras tanto, el 18 de enero de 350, se produjo en Autun (Lyon)
el pronunciamiento del general Magnencio, nacido en Amiens e hijo de
una franca y de un bretó n, que se apoderó de las provincias occidenta-
les. Segú n algunas fuentes má s tardí as era pagano; sin embargo, las mo-
nedas que hizo acuñ ar sugieren lo contrario, es decir, que era cristia-
no. Los francos y los sajones le apoyaron en seguida, y cayeron en sus
manos todas las ciudades y fortalezas del Rin. Britania, Galia, Italia y
Á frica se apresuraron a reconocerle como emperador. Sus tropas llega-


ron hasta Libia, y el obispo Atanasio, que «se propasaba má s de lo que
le autorizaba su dignidad, inmiscuyé ndose incluso en los asuntos exte-
riores» (Amiano), escribió entonces una carta al usurpador cuyos solda-
dos estaban ya entrando en su dió cesis. Esta misiva cayó en manos de
Constancio y fue negada por su autor en nombre de Dios y del Hijo uni-
gé nito junto con otros muchos sagrados juramentos, calificá ndola de fal-
sificació n perpetrada por los «arrí anos». El santo no dejó piedra por re-
mover para quitarse aquella mancha; dijo que Magnencio habí a sido un
traidor, un perjuro, un nigromante y un asesino..., sin embargo, y eso
sí que es sospechoso, má s adelante dejó escrito que el insurrecto, el
«Satá n», habí a sido un rey y que Constancio lo asesinó. Odiado por to-
dos, Constante trató de huir hacia Hispania, aunque allí era un desco-
nocido, pero Magnencio envió a Gaiso en su persecució n y fue cazado
en una remota aldea de la Galia pirenaica, donde se habí a refugiado en
una iglesia. Contra todo derecho de asilo, lo arrancaron de allí y le die-
ron muerte. 10

Ciertamente, Magnencio, el primer anticé sar germá nico y el má s pe-
ligroso de todos los usurpadores que amenazaron el trono de Constan-
cio (hasta seis en total), no logró disfrutar de su victoria durante mucho
tiempo. El emperador salió de los Balcanes hacia el Danubio, para ini-
ciar la «guerra santa», con unos efectivos que duplicaban los de su con-
trario. Segú n Teodoreto, hasta los paganos del ejé rcito tuvieron que
bautizarse por orden de Constancio. En cuanto a Filostorgio, continua-
dor de la historia eclesiá stica de Eusebio, interpreta como guerra de re-
ligió n la batalla del 28 de septiembre de 351 junto a Mursa (Esseg, la ac-
tual Sisak de Yugoslavia), que fue la má s cruenta del siglo y sin duda
una de las grandes hecatombes de la historia. Magnencio perdió segura-
mente porque el jefe de su caballerí a, el franco (y cristiano) Silvano se
pasó a Constancio junto con la é lite de sus jinetes antes de la batalla. Se
dice que de los 116. 000 soldados cayeron o se ahogaron en el Drau 54. 000;

de ellos, 24. 000 estaban en el ejé rcito de Magnencio y 30. 000 en el de
Constancio. Este ú ltimo se guardó mucho de personarse en el campo
de batalla. Despué s de haber atizado há bilmente el entusiasmo «religio-
so» de sus soldados, se retiró a una capilla apartada, para orar en com-
pañ í a del obispo Valente de Mursa, al que durante la noche se le habí a
aparecido un á ngel para anunciarle la victoria. (Esta circunstancia le ase-
guró al prelado, há bil oportunista que cambió varias veces de bando
teoló gico —de arriano a cató lico y luego, otra vez arriano— una gran in-
fluencia sobre aquel monarca tan creyente, y ademá s supersticioso. ) No
fue hasta el dí a siguiente que su majestad hizo acto de presencia en el
campo de batalla, para derramar unas lagrimillas a la vista de los monto-
nes de cadá veres; serí an de alegrí a por la victoria. En cambio, Magnen-
cio era expulsado de Italia en 352, fue derrotado tambié n en las Galias y
el 10 de agosto del añ o 353, vié ndose cercado en su castillo de Lyon, se
arrojó sobre la punta de su propia espada, no sin haber acabado antes con
sus amigos má s í ntimos, su hermano Desiderio y su madre. Constancio


hizo que pasearan la cabeza del enemigo por el paí s, y mandó cortar otras
muchas. Sus esbirros recorrí an todas las provincias occidentales; los
acusados de rebeldí a eran cargados de cadenas sin má s averiguació n
previa y enviados a la corte para ser juzgados. n

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