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El patriarca Cirilo hace frente al patriarca Nestorio




Só lo pocos dí as despué s de la muerte de Teó filo, Cirilo de Alejandrí a
(412-444) se encaramó a la sede patriarcal tras reñ ida lucha con su com-
petidor, el archidiá cono Timoteo, y en medio de graves tumultos. El san-
to, que, segú n el cardenal Hergenró ther, no se sentí a impulsado «por afá n
de poder o por consideraciones de tipo personal, sino por el sentido del
deber y por el celo para con la pureza de la fe» era en realidad un «nuevo
faraó n», quintaesencia de los patriarcas sedientos de poder, taimado y
falto de escrú pulos hasta el punto de superar a sus antecesores, incluido
Demetrio y hasta el mismo Atanasio. El santo Doctor de la Iglesia con-
trolaba el comercio del trigo egipcio y acrecentó sus posesiones con ayu-


da de las brutales bandas de monjes. Practicaba la peor de las simoní as,
vendiendo obispados a la gente má s abyecta. Persiguió a los judí os de
forma tan desmesurada que se le puede denominar, sin miedo a exagerar,
promotor de la primera «solució n final». Es má s, el añ o 428, su propio
clero lo llevó a los tribunales a causa de su violenta actuació n en Cons-
tantinopla, si bien Cirilo consideró a sus acusadores como existencias en
bancarrota, propias del «basurero alejandrino»

El emperador remitió a los acusadores, entre quienes figuraba el mon-
je Ví ctor, que le producí a especial impresió n, al patriarca de la capital,
Nestorio. Pero Cirilo se anticipó al proceso que le amenazaba siguiendo
exactamente el sublime ejemplo de su antecesor y tí o, cuyas campañ as
de exterminio contra la «herejí a» y el paganismo habí a vivido desde den-
tro. Ya habí a, incluso, tomado parte en el tristemente famoso «Concilio
de la Encina» (403), que derrocó a Juan Crisó stomo. Las aspiraciones a
la autonomí a, sustentadas por sus colegas y rivales de Constantinopla, le
desagradaban ya de por sí. De ahí que, al igual que su predecesor Teó filo
(y que su sucesor Dió scoro) prosiguiese la lucha contra el patriarcado de
Constantinopla para preservar la propia posició n hegemó nica. Cuando
Nestorio, siguiendo seguramente el deseo del emperador, se dispoma a
sentarse como juez sobre su persona, é l lo acusó de «herejí a». Le achacó
intenciones aviesas. Afirmó que Nestorio «habí a dado motivo de escá n-
dalo a toda la Iglesia, depositando en todos los pueblos la levadura de
una nueva y extrañ a herejí a» En una palabra, fiel a la ya probada tá ctica
de su antecesor y maestro Atanasio y de su tí o Teó filo, trasladó de inme-
diato la rivalidad en el plano de la polí tica eclesiá stica, la lucha por el
poder, hacia el plano religioso: ello resultaba tanto má s fá cil cuanto que
hací a ya mucho tiempo que existí an posiciones teoló gicas contrapuestas
entre la escuela alejandrina y la antioquena, de la que provení a Nestorio.
Este era partidario, probablemente incluso discí pulo, de Teodoro de Mop-
suestia, quien impuso su impronta a las radicales posiciones cristoló gicas
de los antioquenos. 32

Nestorio, con quien -¡ la cosa suena muy prometedora! - se inicia «el
periodo clá sico de las luchas cristoló gicas» (Grillmeier, S. J. ), es decir, un
duelo de alcance prá cticamente universal y de dos siglos y medio de
duració n, nació en Germá nica (Marasch, Siria) el añ o 381 en el seno de una
familia persa. Su vida recuerda, en má s de un aspecto, a la de su predece-
sor Juan Crisó stomo. Habí a sido monje en el monasterio de Euprepio,
junto a Antioquí a, donde fue consagrado sacerdote, «pues tení a una her-
mosa voz y sabí a hablar bien» (el historiador de la Iglesia, Só crates). Pero,
por lo demá s, dice el viejo Lé xico de la Teologí a cató lica de Wetzer/WeIte,
«carecí a de una formació n espiritual superior. Visto desde fuera, su vida
era modé lica. Apenas se mezclaba con la gente, estaba siempre en casa
sentado ante sus libros y, gracias a su vestimenta, su flacura y su palidez,


fingí a la apariencia de un hombre de severas costumbres. Ello le hizo fa-
moso en corto tiempo». 33

Al igual que otrora Crisó stomo, Nestorio accedió a la sede obispal
constantinopolitana, el 10 de abril de 428, gracias a su fama de predica-
dor y desplazando a otros concurrentes. En seguida prodigó sus ataques
contra judí os y «heré ticos», pero trató consideradamente a los pelagia-
nos, lo que no le granjeó las simpatí as de Roma. Por todo el patriarcado
se produjeron disturbios y tambié n, acá y allá, algunos hechos sangrien-
tos. «¡ Dame, oh emperador, un orbe limpio de herejes y yo te daré a cam-
bio el cielo. Extermí name a los extraviados en la fe y yo exterminaré
contigo a los persas! », así exclamó Nestorio, ya en su sermó n inaugural,
y atacó implacablemente a los cristianos de otra confesió n, a los cismá ti-
cos, a los «herejes», a los novacianos, a los apolinaristas y a otras «sec-
tas». Apenas cinco dí as despué s de su ordenació n, mandó destruir la igle-
sia en la que oraban secretamente los arrí anos. Cuando se consumí a en
llamas é stas incendiaron tambié n las casas vecinas. Con el mismo fana-
tismo combatió tambié n a los macedonianos o «pneumató macos» («los
que combaten contra el Espí ritu Santo», es decir, contra su equiparació n
al Dios Padre), a quienes arrebató sus oratorios en la capital y en el He-
lesponto: «Un adversario grandilocuente de los herejes -opina Hamack-,
un hombre de brí os, imprudente, pero no innoble [... ]». Y el emperador
dio má s relieve aú n a los pogroms de su patriarca intensificando todaví a
má s las leyes penales el 30 de mayo de 428. 34

Pero no tardó Nestorio en incurrir é l mismo en sospecha de «herejí a».
De ello se cuidó Cirilo, a quien la significació n y la influencia de su com-
petidor en la capital le parecieron, ostensiblemente, excesivas. De ahí que
intentase, prosiguiendo así la vieja querella entre ambas sedes patriarca*
les, derribar a Nestorio de modo tan alevoso como el que usó en su dí a su
tí o Teó filo para derribar a Crisó stomo.

Como siempre en tales casos, se halló rá pidamente una razó n teoló gi-
ca que, ciertamente, puso pronto en conmoció n a las Iglesias de Oriente y
Occidente, pero que, en sí misma considerada, no tení a por qué haberlas
conmocionado. Lo ú nico que la atizaba era, segú n E. Caspar, «el odio
suspicaz y la implacable voluntad aniquilatoria con la que Cirilo persi-
guió e hizo morder el polvo a su adversario». Tambié n un historiador del
dogma como R. Seeberg, subraya que no eran las discrepancias teoló gi-
cas las que apremiaban a Cirilo a luchar contra Nestorio y las doctrinas
antioquenas por é l sustentadas, doctrinas que hasta entonces habí an goza-
do de un respeto equivalente a cualesquiera otras. Eran má s bien diver-
gencias personales y, sobre todo, cuestiones relativas a la polí tica ecle-
siá stica, la constante pugna contra Antioquí a y, especialmente, contra
Constantinopla. La situació n de prepotencia del arzobispo alejandrino só lo
era comparable a la del de Roma, pero é sta quedaba lejos y, ademá s, a


partir del Concilio de Nicea, estaba má s o menos aliada con Alejandrí a.
Antioquí a y la pretenciosa capital estaban má s cerca y era sobre todo de-
cisivo doblegar a esta ú ltima. Para ello, Cirilo preparó ahora a Nestorio la
misma tragedia que su tí o y predecesor Teó filo habí a escenificado contra
Crisó stomo. «Pues si Teó filo -dice Seeberg- acusó a su adversario de
origenismo por haber ofrecido su protecció n a los origenistas, a quienes
é l perseguí a, ahora Cirilo convertí a en heré tica la propia doctrina de su
adversario, consiguiendo con ello, no só lo convertir en hereje al obispo
de Constantinopla, sino hacer sospechosa la teologí a antioquena. Ello cons-
tituí a una jugada polí tica maestra, pues con ella golpeaba con igual furia
a las dos rivales de Alejandrí a. En consonancia con su tradició n en la po-
lí tica religiosa, Cirilo buscó y halló la alianza de Roma. La teologí a an-
tioquena sucumbió a esta polí tica». 35

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