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Encantamientos cristianos en prevención de los «espíritus malignos»




Puesto que toda creencia en el diablo, toda demonologí a, conduce in-
defectiblemente a la magia, el cristiano se protege de toda aparició n in-
fernal mediante bendiciones eclesiá sticas, mediante encantamientos, por
así decir, má s o menos oficiales, pero tambié n mediante amuletos y todo
un repertorio de recursos de la magia pagana, la cual «conoció, enrique-
cida con elementos cristianos, un nuevo florecimiento» (Lé xico de con-
ceptos para la Antigü edad y el cristianismo)^1

La cruz era, desde luego, el sortilegio má s importante contra los «es-
pí ritus malignos».

La imagen de la cruz era algo que ya existí a mucho antes del cristia-
nismo. La cruz era un sí mbolo muy difundido del sol, del cielo y del
viento, ya en la prehistoria. Ninguna representació n de la cruz cristiana,
en cambio, está documentada con seguridad antes del siglo ni. Seguro es
que, desde é poca muy antigua, la cruz serví a de signo protector en algu-
nos sarcó fagos judí os y que, en té rminos generales, en la Palestina judí a
se conocí a la cruz como protecció n contra el mal. '82

Segú n la creencia, muy difundida, de los Padres de la Iglesia, la cruz
era un arma de gran efectividad en la mano de los cristianos. Con ella se
ahuyentaba a los demonios. El tramo vertical serví a de apoyo, mientras
que el horizontal hací a justamente de estaca en ese uso especial contra
los «espí ritus malignos». Las mujeres y las doncellas alejaban a galanes
y amantes importunos mediante la señ al de la cruz. Actuaba asimismo
como medio para combatir la posesió n demoní aca. Tambié n el distintivo
monacal, el cí ngulo, se lleva formando una cruz en prevenció n de los de-
monios, pese a lo cual está expuesto a ataques especiales. San Antonio
recomendaba la señ al de la cruz contra los asedios nocturnos del demo-
nio. Cirilo de Jerusalé n la denomina derechamente «espantadiablos» y
afirma: «Se espantan apenas ven este signo», a la par que aconseja: «Haz
esa señ al al comer, al beber, cuando te sientes y cuando te acuestes, cuan-
do te levantes, cuando hables, cuando te marches. Para decirlo en una pa-
labra: cuando hagas cualquier cosa». Juan Crisó stomo recomienda a los


cristianos portar una cruz en vez de los usuales amuletos antiguos, pues
aqué lla abre las puertas cerradas, las del cielo y las del infierno, destruye
los venenos mortales, sana las mordeduras de los animales salvajes, corta
los «tendones del diablo». La señ al de la cruz se llegó a grabar, incluso,
en conjuros má gicos como «señ al viva de nuestro Señ or» para protegerse
de los espí ritus infernales. 183

Al nombre mismo de Cristo se le atribuí a ya un poder que expulsaba
los demonios. Ahuyentaba a los compinches de Satá n de los cuerpos y las
almas. El cará cter impreso por el bautismo protegí a de forma duradera
contra los «espí ritus malignos», a los que, en los misterios ó rficos, se tra-
taba de alejar mediante pieles y má scaras de animales. Y toda la prepara-
ció n para el bautismo cristiano -un catecumenato que duraba cuarenta dí as
en algunas comunidades y tres añ os en otras- no era en absoluto otra cosa
que un cotidiano conjuro contra los demonios aplicando sal bendecida, per-
signaciones y soplos de aire. Esos soplos jugaban un amplio papel en la
hechicerí a. Ya el mago babiló nico quemaba serpientes mediante el soplo.
De ahí que a la señ al de la cruz, como ceremonia preliminar de las bendi-
ciones y las preces, le fuese inherente el soplo contra el diablo. Tambié n la
esputació n de saliva tení a la virtud de alejar a los demonios y era por ello
usual en el rito bautismal del cristianismo primitivo. En el romano, el sa-
cerdote toca al catecú meno con saliva. (Tambié n los santos má rtires gus-
taban de escupir sobre las imá genes de los dioses, esos demonios malig-
nos. Ello era no só lo expresió n de mofa, repulsa y desprecio, sino tambié n
un gesto exorcista de protecció n contra los espí ritus. ) El bautismo cristia-
no se recibí a -y así ha sido en Occidente hasta el siglo xm (¡ en Oriente
hasta hoy mismo! )- completamente desnudo, debiendo las mujeres dejar
su pelo suelto no fuese que algo «extrañ o», un demonio eventualmente
oculto en é l, echase a perder el agua del «renacimiento». Todaví a hoy el
catolicismo lanza toda una serie de conjuros en el caso del bautismo de
adultos y sus sacerdotes siguen conjurando a los «espí ritus malignos»,
tanto en la bendició n dominical del agua como en la consagració n de los
«santos ó leos» en Jueves Santo. Y el «gran exorcismo» se sigue practi-
cando con especial solemnidad en el caso de los «endemoniados». 184

En el ritual del bautismo de la Iglesia Ortodoxa Griega, el sacerdote
pronuncia estas palabras: «A ti, diablo, te reprende el Señ or que vino
al mundo [... ]. Es É l mismo quien te ordena por boca nuestra: espá ntate,
sal y alé jate de esta criatura. No vuelvas má s a ella, no te ocultes en ella,
no te topes con ella, no obres sobre ella, ni de dí a, ni por las mañ anas, ni
al mediodí a; regresa má s bien a tu Tá rtaro hasta el gran dí a del juicio que
te está preparado. Ten espanto de Dios [... ], ante quien tiemblan el cielo y
la tierra y todo cuanto en ello habita. Sal fuera y alé jate de este recié n
signado atleta de Cristo, nuestro Dios [... ]. Sal fuera y alé jate de esta cria-
tura con todo tu poder y todos tus á ngeles [... ]». 185


Segú n una antigua superstició n, tambié n la fumigació n ahuyenta los
«espí ritus malignos». La fumigació n es por ello usual en Nueva Guinea,
en Babilonia, en Persia, en Egipto (patria y centro por antonomasia de la
fumigació n espantademonios). Tambié n Roma fumigaba y en el sur de
Alemania, con motivo de la festividad de los Reyes Magos (el 6 de ene-
ro) se siguen «purificando con humo» las casas cató licas con un artificio
de fumigar especialmente bendecido para el caso. Se sabí a que los demo-
nios gozan de un olfato especialmente sensible, de ahí que se les hostigara
con malos olores. Pero como se barruntaba que se sentirí an bien justa-
mente entre malos olores, se usaron tambié n los buenos contra ellos, cre-
yendo que tambié n con ello se les podrí a ahuyentar: con ello y tambié n,
claro está, con buenas acciones, las cuales exhalan un olor grato al olfato
de Dios, al igual que el incienso. 186

Tambié n el ó leo de los santos protegí a eficazmente de los «espí ritus
malignos» y como lugar para practicar la expulsió n de los demonios se
escogí an con especial predilecció n las iglesias, en la proximidad de las
reliquias. Tambié n el bronce y el hierro resultaban peligrosos para los
malignos (temerosos de los productos de culturas má s recientes) y asimis-
mo el fuego, los ajos y las cebollas. Estas ú ltimas eran ya sagradas para
los egipcios y pasaban por ser un expediente especialmente aquilatado
por la experiencia. Muy efectiva a la hora de combatir a los infiernos era
la abstenció n de la carne de cerdo, pues en Oriente y en má s de un lugar
de Grecia, el cerdo era considerado animal demoní aco. El repique de
campanas tení a asimismo importancia profilá ctica: como el resonar de los
tambores entre los «primitivos» de la jungla. La secta de monjes mesopo-
tá micos denominados «orantes» («mesialianos» en sirio y «euquitas» en
griego) conjuraba al demonio mediante la danza, el chasquido de los de-
dos y el esputo con intenció n profilá ctica. 187

Habí a, en suma, mil posibilidades y, lamentablemente, tambié n mil
urgencias para mantener en jaque a la legió n de los «espí ritus malignos».
Habí a, en cambio, una ú nica razó n para el amplio embrutecimiento de
los cristianos mediante todo esos mé todos discutidos en los ú ltimos cua-
tro capí tulos, es decir, a travé s de las falsificaciones, las patrañ as sobre
los milagros y las reliquias, la supercherí a de las peregrinaciones y los ata-
ques contra la ciencia antigua. Esa razó n ú nica era y sigue siendo la de la
sujeció n de las masas con el propó sito de explotarlas.


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