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«.. Dignas de una Mesalina y una Agripina»




«... Dignas de una Mesalina y una Agripina»

Hacia 566 Sigiberto de Reims casó con Brunichilde, hija del rey visigodo Atanagildo, poco má s o menos un añ o despué s de que Chilperico de Soissons hubiera desposado a Gaisvinta, hermana mayor de aqué lla. Pero Chilperico, que antes habí a repudiado a su mujer Audovera y que «tení a ya muchas mujeres», por intermedio de una de sus criaturas hizo ahogar poco despué s de la boda a Gaisvinta, que sentí a nostalgia de su tierra y que siendo arriana se acababa de convertir «a la Iglesia ortodoxa». Y, tras «llorar só lo unos dí as a la difunta» (Gregorio), desposó a su antigua querida Fredegunde. Ello provocó una terrible enemistad entre


las dos reinas, «mujeres dignas de una Mesalina y una Agripina» (Mü hl-bacher) y una guerra de Venganza sin escrú pulos entre los reyes de Reims y de Soissons. 6

Especialmente Fredegunde, procedente de una familia de siervos («ex familia í nfima») encaramada a reina y, a lo que parece, dueñ a por entero de la voluntad del rey, resulta un magní fico ejemplar de la é poca. Durante largos añ os fue la amiga í ntima del obispo Egidio de Reims, uno de los polí ticos má s activos de Austria, y en ocasiones, protegida tambié n del obispo Regnemond de Parí s, a la vez que experta en asesinatos de gentes de alto rango; una cristiana para la cual casi estuvo a la orden del dí a la liquidació n de reyes, y una de las furias má s diabó licas de la historia universal, que triunfó simplemente con la extorsió n, la tortura, el puñ al y el veneno.

De comú n acuerdo con el rey Chilperico, hizo asesinar sucesivamente a varias docenas de adversarios influyentes. Sin escrú pulos y má s bien con profunda satisfacció n caminó sobre cadá veres. Hizo encarcelar a sus ví ctimas, azotarlas y someterlas a lenta tortura, a la vez que naturalmente se apoderaba de sus tesoros. Las hací a ahorcar, quemar o envenenar. A un sacerdote, que vacilaba en cumplir su orden de asesinato, le hizo cortar las manos y los pies. Hizo ejecutar al obispo Preté xtate, así como a su propio hijastro Clodovec y a la madre de é ste, Audovera. Parece que tambié n intervino en el asesinato del rey Sigiberto, a quien los asesinos contratados por ella hundieron «por los dos costados un cuchillo imponente, un scramasax», que ademá s «estaba impregnado de veneno» (Gregorio). Eso ocurrí a el añ o 575 en la corte real de Vitry. Puede que incluso fuera la causante de la muerte de Chilperico, su marido.

Ú nicamente el rey le impidió que eliminase a su propio hijo Sansó n inmediatamente despué s de darlo a luz, aunque el niñ o murió con apenas dos añ os. En Toumay dirimió toda una serie de contiendas entre familias liquidando a sus cabezas. Por su propia mano llevó a cabo un fracasado intento de asesinato contra su hija Rigunte, envió a un clé rigo asesino contra Brunichilde y a otros dos curas con puñ ales envenenados contra Brunichilde y Childeberto. En cierta ocasió n llegaron incluso simultá neamente doce criaturas de Fredegunde a la corte real cató lica, en la cual «por vergü enza de los hombres» tanto a clé rigos como a laicos se les cortaban manos, narices y orejas.

Muchos se mataban por miedo a las torturas. «Algunos murieron en el tormento. » El rey Guntram escapó a los «emisarios» de Fredegunde, la cual así y todo, cuando huyó con sus tesoros a Parí s, gozó de la protecció n del obispo Regnemond. Toda una genuina actitud cristiana. Gregorio de Tours describe ampliamente los crí menes de aquella «inimica Dei atque hominum» (enemiga de Dios y de los hombres), que acabó como


 

viuda en el territorio neustrio del reino, cada vez con mayor influencia y luchando con todos los medios hasta su muerte por el reconocimiento de su hijo menor Clotario. 7

 

Chilperico I: Expediciones militares y cantos espirituales

 

En las luchas cada vez má s importantes entre Chilperico, que buscaba sobre todo un acceso directo a sus enclaves aquitá nicos, y Sigiberto, que ambicionaba una porció n mayor de la herencia real neustria, é ste empezó aliá ndose con Guntram, que remaba sobre Burgundia primero " en Ó rleans y despué s en Chalon-sur-Saó ne, donde construyó la iglesia de San Marcelo. Guntram fue especialmente devoto de la Iglesia y, una vez má s, por sus numerosas donaciones al clero y la convocatoria de sí nodos tambié n fue declarado santo (su fiesta, el 28 de marzo). El piadoso prí ncipe, tan cruel como cobarde, se mostró como un patró n nada fiable, rompiendo repetidas veces la palabra dada y combatiendo en ocasiones contra uno de sus hermanos y en ocasiones contra el otro. Así, en 573 entró en guerra con Sigiberto por la Provenza, aliá ndose entonces Guntram (que tambié n opinaba contra los longobardos y que entregó a la Iglesia franco-burgundia las regiones alpinas conquistadas) con Chilperico de Soissons combatiendo de nuevo a Sigiberto de Reims. A sangre y fuego recorrió Teudeberto, hijo de Chilperico, la regió n de Tours, Limoges, Cahors y demá s ciudades, «asolá ndolas y destruyé ndolas, pegó fuego a las iglesias, se apoderó de los vasos sagrados, mató a los clé rigos, arrasó los monasterios de hombres, violó a las mujeres y todo lo destruyó. Hubo entonces má s gritos y lamentos en las iglesias que en tiempos de la persecució n de Diocleciano» (Gregorio de Tours).

A mediados de la dé cada de los setenta emprendió otra expedició n militar de destrucció n contra el reino de Sigiberto, penetrando hasta Reims, y Sigiberto con el apoyo de tribus paganas del este del Rin marchó contra Neustria. Ocupó Parí s e hizo retroceder a su hermano hasta Tournay. Pero allí, poco antes de la victoria y casi en el momento de su triunfo —los guerreros de Chilperico ya se habí an pasado a su bando—, Sigiberto sucumbí a a una tentativa de asesinato por parte de dos servidores de Chilperico y Fredegunde, armados con puñ ales envenenados (quos vulgo scramasaxos vocant, vulgarmente llamados scramasax). Ocurrió en Vitry (Artois) en el invierno de 575 y a sus cuarenta añ os de edad. «Gritó entonces fuertemente, se derrumbó y poco despué s emití a un ú ltimo suspiro» (Gregorio de Tours). Chilperico echó mano a Brunichilde, viuda de Sigiberto, y la encerró en un monasterio de Rouen, mientras que a su hija la tuvo presa en Meaux. s

La eliminació n del regente de Reims supuso la anhelada convulsió n


 

para los asesinos, que amontonaron triunfos sobre triunfos. Chilperico en medio de aquella confusió n y tumulto se anexionó los territorios controvertidos, gobernando desde Parí s dos paí ses: el heredado y el de su hermano Chariberto. Toda la mitad occidental del reino de los francos le estuvo sometida. El rey, que só lo pensaba en su concubina, en el poder y el dinero, trapicheó con las sedes episcopales dá ndoselas a quienes má s ofrecí an y aumentó brutalmente los impuestos. Ello provocó un levantamiento en Limoges, que é l por supuesto aplastó con la mayor dureza. En su desprecio por la vida humana se asemejó ciertamente «a un Cé sar Borgia o a cualquier otro dé spota italiano del perí odo renacentista» (Cartellieri).

Un hombre así fue tambié n adicto al cristianismo, luchó denodadamente por la conversió n de los judí os y hasta fue autor de un tratado teoló gico sobre la Santí sima Trinidad, así como de canciones espirituales. Lo que no impide que quisiera rechazar el dogma trinitario como un antropomorfismo absurdo con esta explicació n: «El Padre y el Hijo son el mismo, como tambié n el Espí ritu Santo es uno con el Padre y el Hijo». Ni impide tampoco el que pueda ser exagerada la frase que le atribuye Gregorio: «Nadie gobierna má s que los obispos, nuestro orgullo ha muerto... », si es que la pronunció alguna vez. Ni impidió, finalmente, que tambié n en sus guerras contra Sigiberto redujese a cenizas los templos cristianos, saquease y destruyese los monasterios y permitiese la violació n de las monjas. Así y todo, la Iglesia gozó de libertad en todos los asuntos religiosos. Se pusieron los cimientos para las sucesiones canó nicas de los obispos, como en Tours. En los juicios el obispo compartí a la presidencia con el conde. Los funcionarios del Estado en general y los mismos reyes estaban en principio sujetos al dictamen moral de los obispos y a su correcció n espiritual. 9

Apenas pudo escapar al destino del apuñ alado Sigiberto, su padre, el niñ o de cinco añ os Childeberto II (575-596), al que salvó el duque Gundowaido ponié ndolo a seguro en Austria. Allí los grandes lo proclamaron rey, gobernando en su nombre el mayordomo Gogo. Pero, evidentemente, tras dos intentos de asesinato quizá con veneno, el sucesor en el trono quedó ya casi moribundo con apenas veintisé is añ os de edad. Hasta que finalmente fue un instrumento del rey Guntram, que lo adoptó por hijo y heredero como al mayor de la dinastí a, tras la muerte de sus propios hijos, e instrumento continuó siendo tambié n en manos de su madre Brunichilde.

É sta desposó en Rouen a Merovec, hijo del primer matrimonio de Chilperico con Audovera. El obispo Preté xtate, metropolitano de Rouen, casó en contra del derecho canó nico a Merovec su ahijado con la tí a del mismo y de acuerdo con é l, segú n parece, «llevó a cabo una verdadera intentona de destronamiento, si es que no planeó un asesinato» (Bund).

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 En la sesió n segunda del Concilio de Parí s (577) el rey Chilperico tambié n inculpó al obispo Preté xtalo de haberle robado joyas valiosas y 5. 000 só lidos en oro. Comoquiera que fuese, en la sesió n tercera el prí ncipe de la Iglesia (que poco despué s fue azotado, desterrado a una isla y el 585 asesinado en una iglesia), postrá ndose a los pies del rey confesó haber atentado contra su vida.

Mas antes de que los conjurados pudieran aprovechar polí ticamente su complot, Merovec a instigació n sin duda de su madrastra Fredegunde fue excluido de la sucesió n; en 576 fue encarcelado, tonsurado y degradado a la condició n de presbí tero. Cierto que de camino al monasterio de Anisó la (San Calais) lo liberó su compañ ero de armas Gaileno, pero en 577-578 en una nueva huida, y estando rodeado de enemigos, rogó a Gaileno que lo matase. Y así lo hizo sin titubeos su compañ ero, por lo cual le cortaron despué s manos, pies, nariz y orejas torturá ndolo hasta morir. Los principales instigadores del golpe debieron de ser Egidio, obispo de Reims (que consagró obispo a san Gregorio), y el duque Guntram Boso (un criminal intrigante en cuya eliminació n tanto se comprometió despué s el obispo Angerico de Verdun). Y asimismo fue ví ctima de Fredegunde un hermano menor de Merovec. 10

En 577 Brunichilde pudo escapar de la prisió n de Chilperico y huir a la parte oriental del reino, al territorio en que reinaba su hijo Childeberto II, al que indujo a una alianza con Guntram. Pero en 581 el vastago de Brunichilde cayó ví ctima de un motí n en Reims, donde el metropolitano Egidio —un obispo implicado en numerosas intrigas, conjuraciones y crí menes de alta traició n— se hizo con el gobierno al frente de algunos grandes señ ores. Y como Chilperico se puso en marcha sin má s y era el hombre fuerte, el prí ncipe de la Iglesia con los corregentes se acercó a los triunfadores; el propio obispo Egidio presidió la legació n. Y al mismo tiempo los oposicionistas de Reims se enemistaban con el rey Guntram, cuya herencia de Chariberto en Aquita-nia conquistó Desiderio, comandante en jefe de Chilperico (581), de manera que Chilperico se hizo entonces con todo el reino de su hermano, muerto en 567.

Mas cuando el rey se dispoma a adueñ arse tambié n del territorio de Guntram con ayuda de los trá nsfugas de Reims y estableciendo una alianza formal con la regencia de Austrasia para destruir los ejé rcitos de Guntram, de nuevo cambió el curso de los acontecimientos en dicho territorio a causa de una sublevació n del minor populus contra la alianza, aunque esta vez en favor de Brunichilde, que sin duda estaba detrá s, y Chilperico hubo de frenar sus pasos. A comienzos del añ o 484 Guntram devolvió a su nieto a Marsella. Y ese mismo añ o Chilperico fue asesinado de varias cuchilladas en su palacio de Chelles, cerca de Parí s, una noche a su regreso de una cacerí a. «Terminaba así una vida llena de


crueldades con la muerte que le correspondí a» (Fredegar). Y que recuerda mucho la de Sigiberto, su propia ví ctima. Tambié n Chilperico dejaba un hijo menor: Clotario II, que todaví a no habí a cumplido un añ o. Para é l intentó afianzar el gobierno su madre Fredegunde. "

 

 

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