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Creciente reivindicación de la primacía con Dámaso




Diversas iniciativas de este hombre abrieron un proceso que incre-
mentó la importancia y el rango de su sede y que poco a poco hizo del
obispo romano el soberano de todos los prelados occidentales.

No es por casualidad que un contemporá neo hablara de la «arrogan-
tia Damasi (ut princeps episcopatus}».
Y el Manual de la historia de la
Iglesia,
cató lico, le llama hoy «un defensor consciente de sus fines de
una reivindicació n de primací a romana en constante aumento, que en-
cuentra en é l unas formulaciones no conocidas hasta la fecha». Aspiraba
a este predominio en parte basá ndose en Mt, 16, 18, en el principio petrí s-
tico de la «singularidad» de Roma, pero crea para ello unas nuevas for-
mas de expresió n.

Su apetencia de liderazgo la apoyó el emperador Graciano, un joven
por lo general doblegadizo. No só lo renunció al tí tulo de pontifex maxi-
mus,
hasta entonces reservado a los monarcas, en favor de los obispos ro-
manos, sino que en 387 incrementó mediante prerrogativa imperial su ju-
risdicció n en Occidente a lí mites apenas determinables. Dá maso, que fue
el primero en promulgar decretos, o sea, tomar disposiciones en el senti-
do de ó rdenes imperiales, afirmaba tambié n la fundació n de la Iglesia de
Roma por parte de Pedro y Pablo, un doble apostolado, y fue el primer
«papa», que se sepa, que habló de una «sede apostó lica», asegurando de
sí mismo que a todos los que ocupaban su mismo cargo (manus), «les su-
peraba por las prerrogativas de la sede apostó lica» {praerogativa apostó -
la


licae sedis), y desde entonces la sede episcopal romana se llama la «Sede
Apostó lica». Todo esto estableció y fomentó el comportamiento de pri-
mací a romano. «Dá maso hizo que el Estado le concediera privilegios y se
presentaba como un rey» (Haendier). 43

Dicho sea de paso: tambié n hizo de poeta. Escribió tristes pero nume-
rosos epí grafes (titulÍ ), de los que se conservan má s de medio centenar
completos, de manera fragmentaria o en transcripció n literaria. Para ello
cubrí a sus carencias literarias con expresiones de Virgilio y despué s dis-
poní a que sus epigramas los trasladara a má rmol el calí grafo Furius
Dionysius Philokalus. «Nunca se han adornado con mayor derroche peo-
res versos», se burla Louis Duchesne. Las ocurrencias de Dá maso, tan
faltas de arte como de talento, pensadas en el fondo para su propia gloria,
serví an sobre todo para los «numerosos cuerpos de los santos que buscó
y encontró » y, como dice la Vita Damasi del Lí ber Pontificalis, «glorifi-
có con versos». 44

Por ejemplo: «Profundamente bajo la carga de la montañ a estaba ocul-
ta la tumba, que Dá maso sacó a la luz». O: «No aguantaba Dá maso que
los enterrados por derecho comú n, despué s de haber hallado reposo, su-
frieran de nuevo trá gica pena. Así emprendió é l la grande y esforzada ta-
rea e hizo retirar las enormes masas de tierra de la cumbre de la colina, ex-
ploró diligente las entrañ as misteriosas de la Tierra, secó todo el terreno
empapado por el agua y encontró la fuente, que ahora otorga regalos para
la salud». O, para volver al tema principal que nos ocupa, un ú ltimo pro-
ducto de poesí a papal: «Sabed, aquí tení an antes los santos su vivienda,
cuyo nombre, si lo preguntas, es Pedro y Pablo. El Oriente envió a estos
jó venes -lo admitimos perfectamente- pero por los mé ritos de su sangre
-aunque siguiendo a Cristo por las estrellas han llegado al regazo del cielo y
al imperio de los piadosos- Roma puede considerarlos como sus ciudada-
nos. Así quiere Dá maso proclamar vuestro elogio, sus nuevas estrellas». 45

Ahí puede estar, o en las estrellas, có mo el tan diligente buscador de
má rtires se sacó tantos santos. Pero así parece que es cuando un papa
asesino se convierte en «papa poeta». (¡ Compá rense las mucho má s elo-
cuentes posturas de Pí o XII en el siglo xx! )46

Desde Dá maso rige la teorí a de las tres sedes petristas, Alejandrí a,
Antioquí a y Roma, para basar sus derechos de patriarcado; por supuesto,
de los tres grandes tronos «la primera sede del apó stol Pedro corresponde
a la Iglesia romana». Pero incluso despué s del papa Gregorio I «el Gran-
de», padre de la Iglesia, estas tres sedes son «una sola y ú nica sede (la de
San Pedro), de la que sobresalen ahora tres obispos por razones de auto-
ridad divina». Segú n eso, los patriarcas alejandrino y antioqueñ o, como
sucesores de Pedro, tienen el poder en virtud del derecho «divino» de go-
bernar una parte de la Iglesia. Prescindiendo de varios aspectos histó ricos
discutibles, resulta ser una teorí a de dos filos.


¿ Có mo llegó Roma a esto? Cuando no era todaví a tan violenta como
quena serlo pudo equipararse primero a los influyentes guí as de la Igle-
sia oriental y sin embargo, como sede principal por así decirio del prí n-
cipe de los apó stoles, reivindicar para sí el má ximo honor. Y entonces,
ahí está la verdadera razó n, intentó mediante esta teorí a combatir al má s
temido de sus rivales, el patriarca de Constantinopla, que como repre-
sentante de una sede no petrista no tení a ningú n derecho de primací a. Y
precisamente dentro de este contexto surge la teorí a: en la é poca de Dá -
maso, con Leó n I, Gregorio I, Nicolá s I, Leó n IX; con lo que en la dispu-
ta teó rica de las reivindicaciones de Constantinopla por la dignidad
patriarcal se produce finalmente, a regañ adientes, el reconocimiento prá c-
tico. 47

Ciertamente que el proceso de la superioridad papal estaba todaví a en
sus comienzos. La posició n de Dá maso fue muy contestada durante todo
su pontificado, incluso en Roma. En Occidente y en otros lugares no era
é l quien conducí a la Iglesia sino, de manera clara, Ambrosio. El milanos
influí a, por no decir que dominaba, sobre el emperador con una estrate-
gia «espiritual» muy ingeniosa que habrí a de crear escuela y su sede
episcopal era tambié n la capital de Occidente. Incluso el espectacular
triunfo sobre la diosa de la victoria romana en el saló n del Senado no lo
consiguió Dá maso, sino exclusivamente Ambrosio, el poderoso prelado
de la capital, como tambié n en todos los restantes casos.

No se puede hablar ni mucho menos de una «polí tica papal». En el
siglo iv, el obispo de Roma no mandaba ni en toda Italia. Ú nicamente diri-
gí a las llamadas Iglesias suburbicarias, la parte meridional y central de la
pení nsula (delimitada por una lí nea que va desde el golfo de La Spezia
hasta la desembocadura del Po). «Fuera de allí no se ve ninguna forma de
poder del obispo de Roma» (Haller). Por supuesto que su sede era la má s
prestigiosa de Occidente, pero é l mismo estaba sujeto a la jurisdicció n
del vicarius urbis. Y cuando se intentó presentar entonces la petició n de
sustraer al obispo romano de la competencia penal del prefecto de la ciu-
dad (casi siempre era todaví a un pagano) y crearle un tribunal preferente
ante el monarca, hasta un Graciano lo rechazó, sin entrar en má s detalles" ]
Como alternativa al tribunal imperial se propuso someter a los obispos
romanos a la administració n de justicia (eclesiá stica) de un concilio. Por
primera vez en la historia de la Iglesia surge ahora en un sí nodo papal
-como informa Ambrosio- la afirmació n no respaldada con nada de que
el emperador Valentiniano habí a dispuesto que los clé rigos só lo podrí an
ser juzgados por clé rigos. Que a partir de ello se deduzca que «la primera
sede no podí a ser juzgada por nadie», como se enseñ a má s tarde, era algo
todaví a totalmente desconocido en su tiempo. 48


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