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en pro de la inmortalidad: El ejemplo del ave fénix y otras muchas brillantes ocurrencias




«... El eco de su nombre y el fruto de su espí ritu. » Las pruebas de san Ambrosio en pro de una casta viudez: El ejemplo de la tó rtola; en pro del nacimiento virginal de la madre de Dios: El ejemplo de los buitres;

en pro de la inmortalidad: El ejemplo del ave fé nix y otras muchas brillantes ocurrencias

Ya en la Antigü edad habí a cristianos a quienes la exé gesis alegó rica
les parecí a bastante boba, irremediablemente subjetiva y en los teó logos de
esa especie veí an al tipo de persona que da a las palabras tantas vueltas
que extraí an de ellas lo que ellas debí an dar, lo que se querí a que diesen.
Los exé getas, por su parte, pensaban uná nimemente que toda interpreta-
ció n literal del texto era puramente superficial; que ceñ irse a las palabras
só lo a veces aportaba algú n sentido y en general no el auté ntico. Este se
hallaba má s en lo profundo, habí a sido misteriosamente cifrado por Dios
y só lo ellos podí an ponerlo al descubierto mediante la interpretació n ale-
gó rica. Tambié n Ambrosio era de esa opinió n. Tambié n a é l le resultaba
imprescindible la suposició n de un sentido má s elevado en la Escritura
de modo que a veces distingue dos tipos de tal sentido, Uñ era y sensus
altior;
a veces, incluso tres sentidos: sensus naturalis, sensus mysticus et
sensus moralis. Pero vayamos a lo concreto.

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El paraí so, por ejemplo, cuyo cará cter «histó rico», naturalmente, no
se cuestiona, es una imagen del alma y sus cuatro rí os representan las
cuatro virtudes cardinales. El arca hace de sí mbolo del cuerpo humano y
cada una de sus partes se corresponde con otra del cuerpo. Los animales
del arca son los apetitos. En De Isaac et anima, la boda de Isaac y Rebe-
ca simboliza la unió n entre Cristo y el alma humana. En su De patriar-
chis,
Simeó n representa a los escribas y Leví a los sumos sacerdotes del
tiempo de Cristo. En virtud de esas exé gesis alegó rico-mí sticas, de esas
interpretaciones y reinterpretaciones tipoló gicas, Ambrosio no só lo fue
capaz de desvelar toda una serie de «predicciones mesiá nicas», sino tam-
bié n de fascinar a una cabeza como la de Agustí n. A partir de ahora, esa
otra gran lumbrera, la má s brillante de la Iglesia, no tuvo ya «que padecer
leyendo los escritos del Antiguo Testamento, la ley y los profetas, con
ojos que me los hací an parecer absurdos... ». Nada de eso: ahora, una vez
que Ambrosio habí a puesto al descubierto los profundos secretos que se
ocultaban tras la inofensiva envoltura, Agustí n ya no necesitaba despre-
ciar la religió n de su madre como un cuento de viejas; podí a, pertrechado
con las iluminaciones ambrosianas, considerar superadas las crí ticas ma-
niqueas al Antiguo Testamento y é l mismo, Agustí n, descubrí a paulatina-
mente ese sentido má s alto, oculto por doquier. «A menudo -nos dice-
escuché con alegrí a có mo Ambrosio decí a al pueblo: " La letra mata, el
espí ritu vivifica", có mo é l, en aquellos pasajes en que el texto literal pa-
recí a enseñ ar algo torcido, retiraba el velo mí stico y dejaba patente su
sentido espiritual». (En relació n con lo cual Ambrosio, con toda naturali-
dad y siguiendo a los anteriores Padres de la Iglesia, llamaba a los judí os
veterotestamentarios «los nuestros» o incluso «nuestros mayores», maio-
res nostri. )91

Có mo vivifica el espí ritu, có mo airea é ste el velo mí stico, es algo que
queremos examinar ahora basá ndonos en ejemplos del á mbito cientí fi-
co natural, por llamarlo así, extraí dos de su Hexaemeron librí sex, una
obra que consta de nueve sermones, pronunciados en seis dí as sucesivos,
acerca de «la obra de los seis dí as», la narració n mosaica de la creació n.
Como quiera que el obispo de Milá n los escribió ya muy entrado en
añ os, como senex y pocos añ os antes de su muerte, prometen ser espe-
cialmente abundantes en arte y sabidurí a simbó licos, tanto má s cuanto
que la teologí a cató lica má s reciente la califica de «obra maestra tambié n
desde el punto de vista literario, plena de esplé ndidas descripciones de la
naturaleza» (Altaner/Stuiber), «quizá la obra má s bella de Ambrosio» (Mo-
reschini). 92

Así por ejemplo el sublime exé geta convierte al pichó n de tó rtola
-que en otro tiempo fue la ví ctima propiciatoria ofrecida al Señ or, segú n
la ley del Señ or y a raí z de la circuncisió n de ese mismo Señ or- en sí m-
bolo de la castidad del estamento de las viudas. Ambrosio es un especia-


lista en eso, pues en una obra. Sobre las viudas, dedicada expresamente a
la cuestió n, mostró hasta qué punto el estado de viudez es preferible a las
segundas nupcias. Por lo demá s el santo, autor de numerosos tratados as-
cé tico-morales, obtuvo especial reconocimiento en el á mbito de los teó -
logos del ramo.

Pero volvamos al pichó n de tó rtola, al sacrificio por la circuncisió n.
Ambrosio escribe: «A saber, é se es el auté ntico sacrificio de Cristo: la
castidad corporal y la gracia espiritual. La castidad se refiere a la tó rtola,
la gracia al pichó n». Y despué s de aleccionamos acerca de que «la tó rto-
la, una vez viuda por pé rdida del macho, alberga en sí una profunda aver-
sió n contra todo lo que signifique apareamiento», ya que «decepcionada
y defraudada en este primer amor, amor breve en el goce y amargo en el
resultado, má s pró digo en dolor, por la pé rdida del amado, que en amoro-
sas delicias», este consumado inté rprete entra en la moraleja de la histo-
ria: «De forma que renuncia a nuevos ví nculos y no vulnera las leyes de
la caridad ni de los lazos que la unieron a su amado esposo: só lo a é l le
guarda ella su amor, só lo para é l preserva el nombre de esposa. Apren-
ded, mujeres, cuan sublime es el estado de viudez, cuya loa se anuncia ya
en el mundo de las aves». 93

¡ La tó rtola fiel má s allá de la muerte del esposo! Sí, Ambrosio sintió
especial debilidad por la ilustració n de las mujeres, a las que dedicó, par-
ticularmente a las ví rgenes, obra tras obra, desvalidas y postergadas como
ellas estaban y siguen estando. Pues, opina el santo Doctor de la Iglesia,
«la mujer debe velar su cabeza porque ella no es imagen de Dios». Para
ello se remití a a Pablo. El apó stol de las gentes y la tó rtola. ¿ Quié n -pre-
gunta Ambrosio- dio esas leyes a la tó rtola? No el hombre. «Pues ningú n
hombre se hubiese atrevido a ello despué s de que ni el mismo Pablo se
atrevió a elevar a precepto legal la observancia de la viudez. » El apó stol
expresa ante las mujeres como mero deseo lo que en las tó rtolas es uso
permanente. Pero si el mismo Pablo no impuso la observancia de la viu-
dez a las mujeres, ¿ quié n podrí a habé rsela impuesto entonces a las tó rto-
las? Só lo Dios, naturalmente. «Dios, pues, imprimió en las tó rtolas ese
instinto y les dio esa fuerza de la continencia, pues só lo É l puede dar al
respecto una ley universal y vinculante. La tó rtola no se inflama ante la
florida juventud, no se deja seducir por una ocasió n tentadora. No sabe lo
que es vulnerar su primera fidelidad, pues sabe guardar la castidad pro-
metida a raí z del primer ví nculo que le cupo en suerte. »94

¡ Un Doctor de la Iglesia!

«Bellas descripciones de la naturaleza y sabrosos relatos de la vida de
los animales -escribe O. Bardenhewer en su obra está ndar, todo un doc-
tor en teologí a y filosofí a, en otro tiempo protonotario apostó lico y pro-
fesor de la universidad de Munich, haciendo los honores al Hexaeme-
ron—.
Los animales son presentados como ejemplo ante el hombre. El no-


t»le tono campechano de la homilí a del autor se acredita esplé ndidamen-
te. Es má s, «el eco de su nombre y el fruto de su espí ritu... ». 95

¡ Vemos de pasada en cuá nta estima tiene la Iglesia cató lica al animal!
Y toda vez que Ambrosio ha hablado justamente de la «virtud», de la
«viudez de las aves», resulta obligado que quiera, ya en el capí tulo si-
guiente, «hablar de la virginidad, que, como se nos asegura, se da incluso
en algunas aves. La podemos observar verbigracia en los buitres», los cua-
les, ciertamente «no se entregan a ninguna relació n sexual», cuya con-
cepció n «no requiere apareamiento», «cuya generació n no necesita del
macho», causa, seguramente, de que aqué llos «alcancen una vida tan lar-
ga en añ os que sus dí as se prolonguen má s allá del siglo y no es fá cil que
les sorprenda la muerte en edad temprana». Y en este punto, el eximio
prí ncipe de la Iglesia presenta ufano su triunfo: todos estos buitres naci-
dos sin padre (y varias otras aves) testimonian nada menos que la posibi-
lidad y credibilidad del alumbramiento virginal de Marí a.

Má s aú n, Ambrosio exclama ante la cristiandad y ante un mundo lle-
no de incré dulos: «¿ Qué dicen a ello los burlones, que tanto gustan de
hacer mofa de nuestros misterios apenas oyen que parió una virgen; que
tienen por imposible el que haya alumbrado una doncella de pudor no
maculado por la cohabitació n con varó n? ¿ Se tendrá por imposible en el
caso de la Madre de Dios lo que no se cuestiona cuando se trata de los
buitres? Pare un ave sin necesidad de macho y nadie lo niega y porque
Mana dio a luz estando prometida, se pone en entredicho su castidad
¿ Có mo no advertir que el Señ or nos previene cabalmente, a travé s de in-
numerables analogí as de la vida de la naturaleza, con las que ilustra la
decencia de su encamació n y da fe de su autenticidad? ». 96

El Hexaemeron, «esa interesante y significativa obra» (Bardenhewer),
«la obra literaria maestra de san Ambrosio» (Niederhuber), exhibe de esa
manera bioló gica y teoló gicamente provechosa todo un zoo, incluidas las
aves nocturnas, el murcié lago y el ruiseñ or, sí mbolo de la alabanza a
Dios y del anhelo de la gloria celeste. Toda una gama que va desde la fo-
tó foba lechuza, sí mbolo de la maligna sabidurí a terrenal, alejada de Dios
(en el antiguo Egipto era un animal objeto de sagrada veneració n), hasta
«el canto del gallo, con su significado fí sico, moral y salví fico». Pues el
quiquiriquí no só lo espanta a los ladrones, sino que tambié n despierta al
lucero matutino. Y lo que es má s importante: «Su canto estremece el sen-
timiento de piedad que se eleva prestamente buscando ejercitarse en la
lectura [de la Escritura]». De ahí que Ambrosio concluya así el quinto li-
bro de su obra maestra: «Así pues, despué s de acompañ ar a las aves en
sus alegres trinos y de cantar conjuntamente con el gallo, ¡ cantemos ahora
los misterios del Señ or! ¡ Las á guilas, rejuvenecidas por la expurgació n de
sus pecados, deben darse cita junto al cuerpo de Jesú s! La gran ballena
nos ha traí do en verdad a tierra el auté ntico cuerpo de Joñ as (Cristo)... ». 97


 

¡ Dios todopoderoso!

En otro de los alardes geniales de esa misma obra, este corifeo ecle-
siá stico, objeto de loas superlativas, se sirve de la metamorfosis del gusano
de seda, de los cambios de color del camaleó n y la liebre, y del fé nix re-
surgido como sí mbolos y pruebas en favor de la resurrecció n de Cristo.

Sobre el fé nix, que segú n é l alcanza en Arabia «una edad de hasta 500
añ os», Ambrosio nos informa así: «Cuando siente aproximarse el final de
sus dí as se prepara un sarcó fago de incienso, mirra y otras plantas aromá -
ticas, en el que entra y muere una vez consumado el tiempo de su vida».
El ave ambrosiana no anduvo desacertada al escoger la mirra como sí m-
bolo de la resurrecció n. Tambié n del incienso cabí a esperar í mpetu. Y
nebulosidad. En cualquier caso llevaba ya mucho tiempo humeando en
los templos budistas e hindú es, en los de Grecia y Roma, en el culto cana-
neo a Baal, en el templo a Yahvé h de Jerusalé n. Eso antes de que el cris-
tianismo lo condenase como «pasto de los demonios» (Tertuliano) y vol-
viera, tambié n é l, a introducirlo en la turificació n, de los altares, de las
imá genes de santos, en otras ceremonias de consagració n y en el culto sa-
cramental de latrí a, en la liturgia de la misa... y eso ya en en el Ordo Ro-
manus
má s antiguo... 98

El ave fé nix disfruta, pues, de un sarcó fago mitoló gico. Y ahora re-
surgirá de su «carne putrefacta», como bien sabe Ambrosio, en forma de
un «gusanillo» al que «le crecen alas en el té rmino de un plazo bien fija-
do» hasta que, finalmente, nos hallamos de nuevo ante la misma ave de
antañ o, contenta como unas pascuas o, digamos, como un fé nix: igual
que lo estaremos nosotros en la resurrecció n. «¡ Bien puede esta ave, que,
sin ejemplo previo y desconocedora del asunto, dispone para sí los sí m-
bolos de la resurrecció n, instruir cuando menos en la fe en esa resurrec-
ció n mediante el ejemplo que ella misma nos da! Pues las aves existen
por mor del hombre y no el hombre por mor de los pá jaros. Sí rvanos
tambié n de sí mbolo de có mo el hacedor y creador del mundo de las aves
no permite que sus santos incurran en sempiterna ruina, siendo así que no
permitió tal ruina ni siquiera en el caso de esa ave, sino que dispuso su
resurgimiento a partir de su propia semilla para que perdure de por siem-
pre. (O bien), ¿ quié n le anuncia el dí a de su muerte para que se prepare el
sarcó fago, lo llene de plantas aromá ticas y lo ocupe para morir de modo
que el agradable aroma absorba el hedor del cadá ver? ¡ Oh hombre, entra
tú tambié n en tu sarcó fago! ¡ Despré ndete del hombre viejo y de su con-
ducta y ví stete del nuevo! » Así exclama Ambrosio, con palabras de Pa-
blo, que tambié n entró en su sarcó fago como «un fé nix bueno» y lo «im-
pregnó con el aroma del martirio». 99

El obispo de Milá n autor de casi dos docenas de tratados exegé ticos
sobre el Antiguo Testamento (mientras que en lo referente al Nuevo ú ni-
camente aplicó su virtuosismo al evangelio de Lucas) gusta de equiparar


la filosofí a y la sofí stica, siguiendo la peor parte, por supuesto. Cuanto
no le cuadra lo atribuye a la «pé rfida capciosidad de la sofí stica». A me-
nudo echa en el mismo saco la sabidurí a de este mundo, el pueblo judí o y
los «herejes», gentes, todas ellas, que «se regodean en la vanilocuencia,
desdeñ an la sencillez de la doctrina de la verdadera fe y exhuman tesoros
inú tiles», pero «no traen salvació n al pueblo, pues só lo Cristo puede bo-
rrar los pecados del pueblo... ».

Lo que semejante cabeza entiende por saber, ciencia e ignorancia, lo
que é l opina de la ciencia (natural) de su é poca, resulta meridiano. Son
cosas que carecen de interé s para é l. La ciencia, la sabidurí a, la verdad,
todo ello no es para é l otra cosa que la Biblia, el amoroso padre celeste,
el má s allá. Hasta Bardenhewer lo concede. «Da inmediatamente de lado
a toda cuestió n que no revista importancia para la vida eterna. » Y el mis-
mo Ambrosio compara a los doctos con la lechuza cuyas grandes pupilas
azules no percibirí an las sobras espectrales de la tiniebla. «Los sabios del
mundo -escribe- no ven. No miran a la luz; caminan entre tinieblas» y
finalmente caen, «al extraviarse, a pesar del dí a de Cristo y de la luz de la
Iglesia, que los iluminan desde muy cerca, en las tinieblas de la eterna
ceguera. No ven nada, pero peroran con jactancia». 100

Pero ¿ no son cabalmente los teó logos, los Padres de la Iglesia los que
peroran jactanciosamente? ¿ No son ellos cabalmente los que saben acer-
ca de Dios cosas literalmente increí bles? ¿ No son cabalmente ellos quie-
nes resuelven hasta los má s arduos problemas bí blicos con su arte exe-
gé tica, con sus a menudo esperpé nticas especulaciones y montajes sobre
letras, nombres y nú meros? Y en ello, una vez má s, tampoco son siquiera
originales. Se limitan a seguir una tradició n usual en las escuelas paganas
desde el siglo vi a. de C., la interpretació n alegó rica de Hornero. La carta
de Bamabá s, verbigracia, a la que Clemente y Orí genes incluyen en las
Sagradas Escrituras, ¿ no halla acaso profetizada la muerte de Jesú s (que
no resulta fá cil de demostrar a partir del Antiguo Testamento) en la cir-
cuncisió n de los 318 siervos de Abraham por el hecho de que ese nú mero
contiene los signos numé ricos griegos I H T (I = 10, H=8, T= 300),
siendo así que la I significa Jesú s y la T la cruz? 101

¿ Y no nos ilumina tambié n a ese nivel el má s insigne de los Doctores
de la Iglesia? Pues tambié n Agustí n preferí a, especialmente en sus ser-
mones -tan só lo los auté nticos llegan a medio millar-, el sentido alegó rico.
Fue ú nicamente eso lo que le permitió salir airoso frente a la polé mica de
los maniqueos contra el Antiguo Testamento. Y cuando el añ o 393-394
intentó una exé gesis del Gé nesis segú n el sentido literal interrumpió sig*
nificativamente su libro (De Genesi ad litteram imperfectus lí ber) apenas
interpretado el primer capí tulo. (Una dilatada explicació n. De Genesi
ad litteram,
iniciada en 401 examina ú nicamente los tres primeros capí -
tulos. )102       , ,       •     .


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